A los que nos persiguen

El miedo al conocimiento hace que se persiga a un sabio. Pero nadie puede oponerse a su propio destino. Ni siquiera los que no creen en ello, como este fiscal.

Maestro Mehir

A los hombres de conocimiento según el linaje y grado de iniciación se les conoce como: magos, nagual, chamán, hechiceros, gurúes, maestros, benefactor etc. Desgraciadamente la evolución de las palabras a veces nos juega malas pasadas.

La palabra “maestro” tiene un noble antepasado etimológico: “magister”. A su vez esta palabra es un derivado de “magis” como adverbio y “magnus” como adjetivo. O sea, “grande”, “más”. El maestro era el que sabía más y por ello era digno del mayor respeto; se convertía así en autoridad. El contrario de “magis” es “minus” o “minor”, que como se puede deducir se traduciría por “menos”. El que es menos es el servidor de todos, es el que se rebaja para el bien de la comunidad a la que sirve. Ese es el “minister”, de donde deriva la tan poco reputada palabra “ministro”. Resulta que “maestro” y “ministro” son dos palabras creadas originalmente en intencionada oposición semántica, es decir, en contraste de significados. El maestro es “aquel que es más”, en disparidad con el ministro, que es “aquel que es menos”. El “magister” o maestro llegó a ser el que dirigía, el que daba las órdenes, por la sencilla y lógica razón de que era el mejor cualificado para hacerlo.

Todavía hoy el vocablo “maestro” conserva este significado. Cuando decimos que tal o cual persona es “maestra” en algo, afirmamos que domina de forma notable el saber y el hacer de ese algo. Hoy absurdamente un poco reputado “minister” persigue a un magister; cosa inconcebible en otros tiempos. Otra palabra para nombrar a un hombre de conocimiento es mago. La palabra mago viene del griego “magos” que significa sobrenatural. A su vez magos viene de la raíz indoeuropea “magh” (tener poder). Y las formas griegas y latinas (magos-magus) son prestadas del persa en donde “Magi” proviene del nombre dado a los antiguos sacerdotes y sabios persas, y la etimología de esta palabra alude directamente a un hombre Sabio. Y un Sabio, como decía Paracelsus, es alguien que “controla su estrella”. Entonces, no está sujeto ni a la necesidad ni al destino.

Vemos así, que todas estas palabras aluden a la sabiduría, flor que no crece en el jardín de los minister de la justicia por estos días. ¿Podrá alguna vez esta sociedad convivir con la idea de lo que esa palabra contiene? ¿Podrá entender esta sociedad que La Sorbona, La UBA, Harvard etc., no producen sabios? Producen profesionales, excelentes por cierto. ¡Pero no sabios! ¡No hombres de conocimiento! A los sabios no los produce este mundo, vienen a él a ayudar. Nadie más que un sabio puede enseñarle al hombre la repuesta de la pregunta final que anida en cada corazón humano: ¿Y cuando todo termine qué? ¿Concurrir al lamento eterno de la humanidad ante las puertas de la tumba?

La magia es la divinidad del hombre conquistada por la ciencia en unión con la fe; los verdaderos magos son Hombres Dioses, en virtud de su unión íntima con el principio divino. Son ellos sin miedo y sin deseos; no se dominan por ninguna falsedad; no comparten ningún error; ellos aman sin ilusión y sufren el dolor sin la impaciencia, por lo tanto dejan que las cosas sigan su curso, y reposan en la quietud del pensamiento eterno. Ninguno de ellos han confiado a ningún pergamino ni a ningún discípulo sus crisis supremas, sus éxtasis divinos. Los maestros son esencialmente paradójicos. En realidad, a los ojos de un mortal cualquiera, el hombre de genio es un loco, a punto que siempre olvida el buen sentido para atender al sublime impulso.

El hombre, en cambio, se diviniza hasta sí mismo en sus delitos y sueña oponerse contra el eterno. ¿Acaso creen, los que nos persiguen, que pueden oponerse? Nadie puede tramar algo contra la seguridad y el bienestar de un hombre de conocimiento. Él ve, de modo que tomará medidas para evitar cualquier cosa por el estilo. Si hay alguien o algo que sea desde el fondo perjudicial para él y en su ver no lo alcanza, entonces es su destino y nadie puede evitar eso; es decir un hombre de conocimiento tiene el control sin controlar nada.

Un maestro nos enseña a encarar la vida con un poco más de gracia, eso es todo. ¿Por qué tanto agravio? Cada vez que un hombre se propone a aprender tiene que esforzarse como el que más, y los límites del aprendizaje están determinado por su propia naturaleza.

El miedo al conocimiento es natural; todos lo experimentamos, y no podemos hacer nada al respecto. Pero por terrible que sea el aprendizaje, es más terrible la idea de un hombre sin conocimiento. Y es por la ignorancia que un hombre está orgulloso ya que en él hay fantasías de hacerse honrado haciéndose ridículo y despreciable. Los ignorantes envenenaron a Sócrates, crucificaron a Jesús, el Cristo, torturaron a los mártires, quemaron a los herejes, masacraron a los sacerdotes, los derribaron y erigieron alternativamente a los ídolos más monstruosos, recomendaron la tiranía, otros negaron toda la autoridad, otros la libertad, pero ellos todos en común ignoraron la razón, la verdad y la justicia. (Cualquier similitud con la realidad que nos toca vivir como escuela es pura coincidencia)

Caben más que nunca; para aquellos que se fueron y hoy desde el agravio incitan toda clase de persecución, las palabras de Galileo Galilei al ser inquirido por aquella Inquisición que de santa nada tenía:

“-Si, señores de la Jerarquía Eclesiástica -dijo el católico Galileo-, la tierra es fija, si así lo deseáis; es el sol que gira en torno de ella. Diré más, si lo demandan. Diré que la Tierra es plana y que los Cielos son de cristal. Dios permita que vuestros cráneos fueran del mismo material, de modo que un poco de luz pueda penetrar en vuestras respetables cabezas. Sois la autoridad, y la ciencia está obligada a inclinarse delante de vosotros; ella puede darse el lujo de inclinarse al encontrar la ciencia; por lo tanto ella permanece, mientras vosotros pasáis. Vuestros sucesores serán obligados, a su vez, a postrarse ante ella y a convivir armónicamente con ella”.

No se puede combatir contra la adversidad planificada desde el propio odio, la propia ignorancia y la propia estupidez.