Relato de Miriam en prisión

¿Qué le pasaría a usted si intentara llevar una vida lo más sana y noble posible, a pesar de la locura de este mundo, y un día, sin saber por qué, se lo llevaran preso?

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Una señora mayor, profesional, bióloga, que ama el estudio y la investigación, que hace años está buscando una fuente de paz en lo más profundo de sí misma, dedicada al arte plástico, que ama la naturaleza y cuida con dedicación su jardín, que trata de ser buena y amable con sus semejantes, idealista, con fe en la renovación de la cultura por una educación de vanguardia… No porta armas, no se droga ni alcoholiza, no cometió jamás ningún delito, no le hizo mal a nadie…

Como pertenece a una escuela de conocimiento que es ciegamente tildada de “secta”, allanan su casa y se la llevan presa. ¿Es la época del Proceso? ¿Es acaso una militante política como aquellas que eran llamadas “subversivas” por la dictadura militar? No. Estamos en el 2011 y dicen que en democracia. Después de 21 días recién le toman declaración (cuando la ley dice que son 24hs.). Permaneció 48 días presa en el infierno social instituido llamado cárcel. Este es su relato, con pocos adjetivos, sólo hechos enumerados como una paradoja sin resolución, sin agregarle a la descripción del infierno arbitrario de la impunidad corrupta, otra cosa más que su dolor…

Carta de Miriam

Hubo dos allanamientos al lado de mi casa y uno en la mía, ambos con gran despliegue: policías de civil, otros uniformados, otros encapuchados, con perros rastreadores. Las preguntas se caracterizaban por ser insidiosas y prejuiciosas. Al segundo allanamiento se suman tres mujeres policías. Antes de llevarme me trasladan a un cuarto donde me requisan. Soy transportada, escoltada por un oficial y esposada, hasta la comisaría de Carlos Paz.

Una médica me hace preguntas de rutina y controla si tengo marcas y cicatrices en el cuerpo. Tengo que entregar todo aquello que sea metálico. Pido que me dejen tener el rosario pero no es posible. Todo parece un feo sueño…

Me toman los datos y sacan las huellas. Veo las caras de los policías: algunas endurecidas, muy pocos parecían “normales”, “comunes”. Me da temor estar sola con ellos. Luego me llevan a una celda pequeña casi sin luz (solamente llegaba algo de luz desde un pequeño patio central), fría y húmeda. Por ser la única mujer me encierran con candado y los detenidos caminaban por el pequeño patio (sólo desde el patio se podía ver el cielo). El aire invernal entraba por éste hasta la celda. Todo me asustaba, los detenidos, los policías. Desde este patio los detenidos veían mi celda, no tenía intimidad. Luego dos de ellos (un señor de edad y un joven) me traen dos frazadas; también me explican cómo tapar con una de ellas las rejas para aislarme del frío. Así pude estar fuera de las miradas extrañas a costa de perder la poca luz que podía entrar a la celda.

Dana, la abogada, me traía abrigo, comida caliente, bebida. Pero comer me era muy dificultoso. Me esforzaba en hacerlo porque sabía lo importante de estar fuerte. Ir al baño tenía su complicación: tenía que gritar muy fuerte para que me escuchara algún oficial. Éste encerraba a todos los hombres en las celdas: “Adentro, la señorita tiene que ir al baño”. El baño era un retrete sucio sin puerta ni luz. Mientras yo lo usaba el policía se quedaba a un costado. Fue una situación muy incómoda, me sentí denigrada. Volver a pasar por esta situación me daba mucha resistencia, por lo que trataba de tomar poco líquido.

Para higienizarme diariamente pedía un balde con agua caliente. Esperaba el momento en que encerraban a los hombres para dormir. De los cinco días que estuve en la comisaría de Carlos Paz sólo uno estuvo una oficial que me facilitaba las cosas y con la que me sentí más cómoda.

Como no podía tener los anteojos me llevaron unas fotocopias ampliadas de “El Blanco Invisible”. La lectura era una caricia para el alma, me devolvía a mi “verdadero mundo”. Me devolvía cierta fortaleza, ordenaba mi mente. Calmaba el frío del alma. Este frío, en lo corporal, se manifestaba en un temblor difícil de controlar. Me explican que iba a tener que pasar el fin de semana en esas condiciones. Me parecía imposible de soportar.

Una de las noches escucho muchos gritos, eran dos mujeres. Uno de los detenidos me dice que eran conocidas, una pareja de lesbianas con alto grado de locura y tal vez con SIDA. Y que tal vez tenga que compartir la celda con ellas. ¿Cómo afrontar esta nueva situación?

Tengo palpitaciones, intranquilidad, miedo. Estas emociones duraron hasta el otro día en el que me entero que se las habían llevado a un “loquero”.

Desde la celda escuchaba la conversación de los hombres sobres sus necesidades sexuales… Otra noche una pelea entre ellos que no llegó a agresiones físicas porque son separados del resto de los compañeros. Después de cinco días me trasladan a la cárcel de Bower. Nuevamente firmo papeles, huellas digitales, fotos…

Mi sensación era que cada trámite burocrático sellaba cada vez más el encierro. Después de cinco días pude ver por primera vez el sol y sentir el calorcito de la mañana. Cuando llegamos a Bower me sorprenden las dimensiones, una pequeña “ciudad carcelaria”. Nuevamente datos, firmas, huellas. Soy tratada con cierta hostilidad. Me preguntan por el “abuso”: “-¿Hacia un menor? ¿un familiar?”

“-A nadie, no sé de qué se me acusa”. No me creen. Desconfían. Me llevan por galerías semi-cubiertas hasta uno de los pabellones. Camino por primera vez desde que empezó la pesadilla, respiro un aire fresco, siento que recupero algunas unidades de vida…

Me dan un reglamento penitenciario y me explican que si tengo algún problema con las carcelarias tengo que avisar a la “Burbuja” (lugar blindado donde hay una policía vigilando el pabellón). Esto me pone una alerta.

La diferencia de impresiones es tan contrastante con lo que hasta ese momento había vivido que siento una inesperada alegría. Tengo un colchón para dormir, sábanas limpias. Me baño (con agua caliente) por primera vez, un cuarto con inodoro y lavamanos limpio. Algo se relaja adentro. Eran condiciones más humanas. Pero una nueva situación me tensiona: tengo que convivir con aproximadamente 24 mujeres. Algunas caras son muy hostiles, algunas mujeres parecen hombres, cabezas rapadas, miradas poco amistosas…

¿Cómo sobrevivir? Lo primero que pensé fue en la supervivencia física. Observé a la que me parecía “más peligrosa”. Tal vez tendría que usar el lien-chi para defenderme. Luego aprendí que había cosas peores que un enfrentamiento. Existían “castigos” y “celdas de aislamiento” para aquellas que producen alboroto. Decido que ante cualquier situación hostil no me iba a defender, esto era preferible a las sanciones disciplinarias. En una tercera instancia veo que yo no era la única que tenía miedo. Yo era un elemento nuevo y desconocido para ellas y esto también las atemorizaba. Miedo a sufrir por lo adverso, lo hostil. El miedo prehistórico de una humanidad instintiva, agresiva, desprotegida. No era en ellas donde estaba el peligro, tal vez el peligro estaba en mi mente invadida por todos los horrores y temores de una humanidad abismada.

Después del primer impacto veo a través de la ventana de mi cuarto. Veo el cielo, las palomas, los teros y también los barrotes que me separan de ellos. Más allá un alambrado alto con alambres de púas, y más allá de éste otro igual pero electrocutado con torres de control alrededor. En un momento sentí cómo la supuesta coherencia se podría romper: estaba al borde la locura. Tenía los poemas, los repetía y repetía, ellos me rescataban. Convivía con la locura interna, no caer dependía de mi decisión…

No conozco los códigos de convivencia, soy rechazada por un grupo (cada grupo psicológico ocupaba una mesa en el momento de comer). Alguien que vio la escena se me acerca y me dice que estoy invitada a su mesa. Y me da un plato para que pueda hacer la cola para recibir la cena. Luego una de las señoritas de la mesa me cuenta que acostumbran reunirse todas las noches para rezar.

Acepto la invitación. Lo que parecía esperanzador no siempre lo era; entraban en llanto, en catarsis por las acciones cometidas. Almas gimientes, estertores de almas abismadas…

Sí, estaba con el estrato más bajo de la humanidad. Dolor, mucho dolor. Convivía con el estrato más bajo de la humanidad. Asesinas de sus propios hijos, prostitutas, drogadictas… almas atormentadas, mujeres impotentes y violentas que se golpean contras las paredes o se hieren los brazos o se quieren suicidar con las propias sábanas.

En este abismo también hay “escala de valores” por los cuales había comentarios y cierta marginación hacia mí por ser de una “secta”.

Cuando las turbulencias internas eran muy fuertes y ni el entrenamiento ni las plegarias me devolvían al centro, pensaba en mi maestro. Veía su alta dignidad, su espíritu de samurai que ningún temor doblega, su sabiduría. Mi alma lo reconocía y en ese reconocimiento me llevaba a otro mundo.

Después de 21 días, llega el momento temido y esperado, el día en el que me iban a leer el expediente y me iba a enterar de qué se me acusaba. La noche anterior me avisan: “-Salís de comisión” (o sea, salía de la cárcel al tribunal). Era enfrentar a la ley sin justicia. En estas circunstancias (al igual que cuando llegaba el día de visita) tenía que pasar por requisas muy desagradables, que incluían mostrar el ano en una posición también muy desagradable.

Viajo en una camioneta obviamente sin ventanas que me permitieran ver el exterior, ni luz, con las manos encadenadas, y además encadenada al asiento. Me sentí desprotegida y con un poco de asfixia, claustrofóbica.

Me llevan a la fiscalía (único momento en los que me sacan las cadenas), otros papeles que firmar… solo me tranquilizaba la presencia de mis abogados. Escucho el expediente en estado de “conmoción” (el mismo estado que se repitió cuando me llevan de mi casa, el mismo estado cuando me dan la libertad).

Las situaciones vividas eran tan fuertes que rompían el orgullo, la soberbia… ablandaban mi corazón de muchos sentimientos desagradables. En este estado no había gusto / disgusto, ni juicios ni prejuicios. Mi corazón estaba más sensible, parecía haberme sacado corazas, costras. Podía sentir el corazón de cada hermano de camino cuando los repasaba con el recuerdo. Pero luego fui aprendiendo códigos de convivencia en la cárcel y empecé a “acomodarme”, y en ese acomodarme el corazón se defendía y rearmaba. Un sabor desagradable volvía a aparecer… ¿Cómo volver al estado anterior? ¿Cómo cambiar el estado de conciencia más allá del dolor?

La última noche en Bower me avisan: “-Salís de comisión”. Otra vez la desagradable requisa, el traslado, las cadenas, los candados…

Me llevan a la fiscalía frente al fiscal: “-Señora, está en libertad.

Salgo sin saber dónde estaba ni hacia dónde ir. Camino y camino sin rumbo… hasta que encuentro a la primera persona conocida y querida, Uriel… cada encuentro con un hermano era un calorcito para el corazón…

 

Mirá a Miriam cuando fue liberada por falta de méritos