Carta de Silvia

Hace décadas que soy discípula del maestro Mehir, soy profesora en Letras, tengo 56 años, cuatro hijos, tres nietos, y creía estar entrando en la etapa más beatífica de mi vida, con convicciones profundas, ideales que me animaron desde la adolescencia y que justamente ahora estaban a punto de concretarse en un proyecto educador “soñado”: el Instituto “El Cántaro”.

Pero en estos momentos me parece estar viviendo uno de esos relatos “fantásticos” que solía dar en las clases de Literatura, en los que se simbolizaba claramente la locura del sistema. Este cuento “fantástico” armado por sofistas, funcionarios corruptos y gente muy enferma mental y emocionalmente, que ha manipulado a la opinión pública para que nos vean como “cerebros lavados” y que me hizo aislarme por un tiempo, teniendo que dejar mi trabajo como profesora de Literatura y Comunicación Social en la escuela secundaria, trabajo que amaba profundamente, teniendo que dejar de ver a mi familia, dejando mi hogar, con el consiguiente dolor inconcebible de exilio que eso me produce, porque fui seriamente amenazada de tener el mismo destino de Miriam Macías, injustamente encarcelada, obligada por la impunidad de un poder corrupto, a permanecer en la cárcel sin ninguna prueba que lo justifique, obligada a transitar un infierno nunca merecido.

Cuando conocí al maestro Mehir tenía 30 años, trabajaba en la secundaria, tenía una beca de investigación en la Universidad y me preparaba para obtener una beca en EE.UU. Me había especializado en “hermenéutica simbólica” en la literatura hispanoamericana, me apasionaba encontrar el sustrato mítico-simbólico en el arte de la literatura… Soy entusiasta con el conocimiento, me concentraba horas en un texto rastreando las huellas del inconciente colectivo y creía estar descubriendo misterios de la psique humana a través del arte…

Y cuando comencé a frecuentar la enseñanza de  Mehir todo lo que había aprendido y todas mis expectativas de investigación dieron un vuelco definitivo, porque él me abría otros portales de conocimiento profundo donde, en lugar de ser la investigadora de mitos y símbolos, podía llegar a vivir en la propia experiencia existencial “una leyenda”, un mito… Pero esto no tenía nada de ensoñaciones ociosas o utópicas a la manera de los irresponsables que quieren huir del mundo por la droga o los mecanismos evasivos de la realidad. Hacerse accesible al mito como experiencia transformadora era a costa de esfuerzos concientes en el desarrollo armónico de  todo el ser, un adiestramiento diario en la purificación y desarrollo del cuerpo, la energía, las emociones y la mente.

Mehir me posibilitó en los años de estudio y trabajo con él, acceder a una extraordinaria comprensión de los textos sagrados de todas las grandes religiones, penetrando en la más exquisita literatura y en la más profunda comprensión de un inconciente arquetípico, manantial universal, atemporal y transcultural de donde surge no solamente el arte sino toda la actividad simbólica del alma humana. La diferencia cualitativa con toda la enseñanza académica, era que el conocimiento no se presentaba como un rastreo erudito de fuentes bibliográficas para hacer uno una síntesis que aportara su sello “peculiar”, sino un acto revolucionario en la conciencia, donde uno participara existencialmente de aquello que conocía

Pero no quiero quitarle el sueño a los sofistas porque no pueden ni quieren comprender el misterio. Más bien quiero atestiguar que toda esa vida profesional de investigación fue enriquecida, potenciada y llevada a una extraordinaria comprensión profunda del arte y la psique humana, gracias a la sabiduría y la dedicación incansable del más grande educador que yo haya conocido: Mehir Indij. Su altruismo y humanitarismo es y ha sido tan grande que esta misma persecución inquisidora no es más que el sello de la verdad de su ser.

Hace años, cuando retomé  la docencia secundaria en Córdoba, traté de darle a mis alumnos un germen, una semilla de todo ese aprendizaje invaluable, y cada día era el desafío de encontrar métodos para que aprendieran a pensar libremente, a decodificar textos con espíritu crítico, en una cultura donde la manipulación mediática masifica e inhibe la capacidad de elaborar pensamientos individuales, y a la vez iba creciendo el proyecto de una educación innovadora que iba a tener su contexto propio en el Instituto El Cántaro. Todos trabajábamos para ese proyecto común… ¿De qué manera van a demostrar que biólogos, médicos, abogados, ingenieros, docentes, comunicadores sociales, etc. son coercionados y manipulados psicológicamente y tienen el cerebro lavado porque adhieren a una ideología progresista y educadoramente revolucionaria…?

Todo esto es un cuento “fantástico” con estrategias maquiavélicas en donde los manipuladores psicológicos que sostienen el status quo del sistema, y los más criminales entre ellos, los grandes sostenedores del sueño colectivo, los “periodistas”,  pretenden hacer creer a la opinión pública que una escuela de conocimiento es una “secta destructiva”, y que un sabio educador es un “gurú abusador”. A veces me sonrío en medio de toda esta pesadilla al pensar que buscándome a mí, ¡un gran peligro para la sociedad!, policías de civil, querían llevarse al director del colegio ¡porque estaba vestido de negro!… ¡Cuánto absurdo de “realismo mágico” en un cuento de literatura argentina!

Sin embargo, presumo que este cuento fantástico es la antesala, el prólogo, la primera escena, de una obra grande y fecunda que no será olvidada por las generaciones venideras… Que esta pesadilla donde amenazan de muerte al hombre más sabio y bueno que he conocido, mi maestro, no será más que una presentación (un poco estridente) de la necesidad imperiosa de recordar el artículo 14 de la Constitución Nacional y comprobar si verdaderamente los argentinos adherimos fielmente al ideario de libertad, equidad y justicia, que nos hizo crecer como pueblo, y queremos defender en verdad la libertad ideológica, para después no quejarnos NUNCA MÁS de padecer dictaduras…