Carta de un hijo en la escuela

Estimado Padre preocupado:

He leído su fervorosa, anónima y un tanto imprudente carta, publicada en el diario “La Voz del Interior”, que obviamente no tiene ningún interés más que el de revelarnos una supuesta “verdad”, que trae aparejados algunos votos y unos miles de dólares detrás, que usted bien sabe, pondrán a ciertos diputados en puestos mucho más exclusivos en sus listas. Una carta que sin más publicó el señor Carreras, con una celeridad digna de Clark Kent, y de quien obviamente no esperamos publique esta respuesta.

A diferencia de usted, padre preocupado, yo no conozco nada de su vida, ni me interesa, y sin prueba alguna, tampoco sería tan insultante con su vida personal como usted lo es con la nuestra. Mi esposa se esfuerza a diario para hacer un hogar sano y mejor para nuestros hijos. Es más: lo invito a mi hogar para que vea cómo vivo, y verá lo mismo que la policía con sus allanamientos, un hogar limpio y ordenado, donde juegan los niños en el parque.

Le comento que su enojo contra la impronta dejada en sus hijos, aquella que usted argumenta, no es más que una artimaña de manejos psicológicos, es simplemente el enojo contra la teoría psicológica del psicoanálisis y cientos de derivados de la misma, en la cual los problemas, la violencia, la desazón de la niñez repercuten en el individuo adulto.

Pero, ¿qué pasa? El señor Carreras nos presenta como freaks de laboratorio, especie de idiotas de hospicio sin raciocinio ni decisión, y dice que somos fácilmente influenciables por haber sufrido una niñez horrible. Niñez que, por cierto, usted debe haber dado a su hijo ya que este es el argumento que el señor Silleta y el señor Carreras pregonan y usted apoya.

Nosotros decimos otra cosa. Su hijo no es la persona estúpida que usted piensa, su hijo tiene pensado algo mejor para su vida y quiere realizarlo en paz. ¿No es tiempo de que corte el lazo patológico que lo lleva a escribir cartas a los medios para tratarlo como un idiota frente a todo el mundo?

Respecto a las supuestas drogas que utilizamos le digo: no he tomado drogas desde que entré en la escuela. Mi esposa no ha tomado drogas y ninguna de las personas con las que comparto a diario entrenamientos, un asado o un café, toma drogas para pertenecer a la escuela. Señor padre preocupado, nadie me lo ha contado, lo vi a diario durante años. Por lo tanto, es para mí muy obvio que usted no es padre de nadie, sino solamente un empleado pago de los poderes de turno.

Lamentablemente en su desvarío argumental, ha dejado ver la lamentable táctica esgrimida por el abogado Navarro: encarcelar a una persona cualquiera para poder detener a Mehir. Se desprende de esta frase que cito textual:

“¿Por qué no aparece y declara para sacar de la cárcel a su seguidora que está detenida…?”

Qué pena que metan presa a una persona para lograr dar con otra en plena democracia, qué pena que usted lo sepa, lo avale y le parezca correcto, qué pena que usted se crea el paladín de la justicia cuando avala prácticas de la inquisición y de las dictaduras más espantosas de América Latina. ¿Qué tendrá para decirle a sus hijos? ¿Los podrá seguir mirando a los ojos?

Usted habla de denigrar, de que somos denigrados. No encuentro en mi interior, ni el interior de cualquiera de los que conozco, esa supuesta denigración. Todo lo contrario: nos sentimos dignos y fuertes.

Yo tengo un trabajo. Soy bueno en lo que hago y gano bastante bien. A mi familia no le falta nada. Hace 10 años me fundía un gobierno espantoso y los bancos se quedaban con mi indemnización: me pagaron los dólares en pesos.

Hace años que estoy en la escuela y allí, siempre fui próspero. Así es como “hacemos fortunas” (¿?) con supuestas “operaciones en los bares”: trabajando. Como cualquiera de ustedes que están leyendo, que se levantan todos los días a trabajar. ¿Está mal trabajar dignamente, ganar dinero, vivir bien, y que mis hijos vivan bien? No necesito ir a la justicia para esto, así como no le pido a usted que vaya a la justicia para decir cómo se gana el dinero, porque presumo su honorabilidad, no como usted, que presume mi corrupción.

Ahora, si los métodos de la justicia fueran limpios -pueden preguntarle al juez, hoy mismo señor Carreras si quiere, la cantidad de errores de procedimiento que se cometieron al encarcelar a Miriam Macias-, la presencia de Mehir sería una posibilidad de decir “su verdad” como usted dice. Pero teniendo en cuenta que vivimos con patrulleros en las puertas, los teléfonos pinchados ilegalmente, las casas sitiadas por allanamientos, -en los que no encuentran ningún delito-, nuestras familias asustadas… lo que vemos es que los métodos de la “justicia” funcionan presumiendo desde el inicio la culpabilidad, trabajando luego para probarla, no al revés.

Yo no miro al sudeste, estimado padre anónimo: miro en mi interior. ¿Y usted, para dónde mira? ¿Quién lo hizo partícipe de tanto odio y desprecio?

Como dice un viejo dicho de una vieja tradición: “Ojalá Dios le otorgue el céntuplo de lo que usted nos desea”.

 

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