Es propicio administrar Justicia

Rey Wen

Recurrir al proceso judicial y la penalidad correspondiente vence las perturbaciones de la armoniosa convivencia, ocasionadas por criminales, calumniadores, entrometidos, traidores y obstaculizadores. Entonces es necesario intervenir a fondo y con energía, para que no surja ningún perjuicio duradero.

Tales obstáculos no desaparecen por sí mismos. El enjuiciamiento y el castigo se hacen necesarios para provocar la intimidación y la consiguiente eliminación.

Pero es preciso proceder al respecto de un modo adecuado. La dureza y la conmoción serían demasiado vehementes al aplicar castigos. La claridad y la blandura serían demasiado débiles. Pero ambos pares de atributos unidos generan la medida justa. Es importante que el hombre que decide sea de naturaleza bondadosa, aun cuando en virtud de su posición, inspire una actitud de gran respeto.

“Culpa e inocencia se diferencian nítidamente ante los ojos del juez justo.”

Un juez de naturaleza bondadosa es bueno para los procesos jurídicos, pues así no actúa con crueldad.

La firmeza del honor de su puesto y el respeto que inspira, compensan su bondad y no se convierte en debilidad. Las leyes se afirman mediante penalidades claramente establecidas. Las penalidades son aplicaciones ocasionales de las leyes. Las leyes contienen el registro de los castigos.

Reina claridad cuando al establecer los castigos se discrimina entre leves y graves de acuerdo con los delitos correspondientes. Es necesario mucha claridad, ya que la afirmación de las leyes se lleva a cabo mediante la justa aplicación de los castigos. Claridad y severidad cuyo objetivo es mantener a los hombres en observación del debido respeto. Los castigos no son importantes en sí mismos.

Los obstáculos en la convivencia de los hombres se acrecientan siempre por la falta de claridad en las determinaciones penales y debido a la negligencia en su ejecución. Únicamente mediante la claridad y una resuelta rapidez en la ejecución de los castigos se afirman las leyes.

Las leyes, al ser “justas” son firmes e inamovibles al igual que una montaña. La claridad en lo interior posibilita un examen exacto de las circunstancias, y la conmoción en lo exterior procura una severa y precisa ejecución de las penas.

Se necesita “celeridad” en el despacho de los asuntos penales. La claridad y la conmoción crean la condición previa para la tempestad del proceso y juicio penal que depura la atmósfera. Pero el juez debe ser “claro y cauteloso” en la aplicación de las penalidades.

“Las prisiones no deben convertirse en morada de los hombres.”

El buen juez, cuando debe juzgar faltas cometidas por los hombres, trata de penetrar en su fuero interno con gran comprensión para formarse un concepto caritativo de las circunstancias. La más elevada comprensión, que sabe perdonar, es la más alta forma de justicia. Semejante proceso judicial no carecería de éxito; se procuraría que la impresión moral fuese tan fuerte como para no dar motivos de temer abusos. Tal caridad no sería fruto de la flaqueza, sino de una claridad superior.

“Culpa e inocencia se diferencian nítidamente ante los ojos del juez justo.”

Rey Wen

Antigua China

 

El rey Wen, en el fondo de los tiempos de la antigua China, supo transmitir en su sabiduría primordial el extracto más puro de una filosofía práctica para propiciar las condiciones de una sociedad justa y ordenada, marco necesario para la armonía del hombre. Siguiendo sus clarísimas sentencias, el alma humana puede encontrar la vía del noble, de lo recto, que lo llevará indefectiblemente a la realización de su destino luminoso.

El maestro Mehir y la escuela “El Cántaro”, estamos atravesando lo que el rey Wen describe como un “tiempo de adversidad”. Inimaginable hasta hace unos meses atrás, la situación para nosotros hoy es compleja, oscura, tortuosa. Y la ley de los hombres -parcial, subjetiva, egoica-, que nos sujeta y persigue, claramente no se corresponde en nada con la ley divina -objetiva, amorosa, contenedora, firme y recta- tal como nos enseña el legado de su enseñanza, que religa los procesos cósmicos a los procesos humanos.

Sin embargo, “grande es el tiempo de la adversidad”, y su conclusión traerá, sin dudas, el fortalecimiento de toda la escuela, la claridad para discernir, la firmeza interior desarrollada en tiempos difíciles, el impulso para expandirnos con fuerza y convicción al mundo en la concreción del Instituto El Cántaro.

Sabemos que los grandes idealistas siempre fueron ciegamente perseguidos a lo largo de la Historia por detentadores de poder, ignorantes de todo finalismo trascendente y carentes de sensibilidad, instrumentos de fuerzas oscuras para perpetuar el mal sobre la faz de la Tierra. “Vulgares”, como los llama el rey Wen, que desconocen por completo la ley divina, y que hacen prevalecer su propia interpretación subjetiva de las leyes de los hombres por sobre la de Dios.

Las leyes creadas por el hombre deberían ser un fiel reflejo de la ley divina o universal, así el hombre podría ordenar su mundo a imagen y semejanza de las leyes cósmicas. Los antiguos lo sabían, y así regían a sus pueblos guiados por las fuerzas celestes. Pero con el correr del tiempo, todo fue sufriendo una extraña desnaturalización hasta llegar al punto en el que nos encontramos hoy: las leyes recreadas, desgajadas de su natural enclave espiritual, se corrompen, se desvían y pervierten, tanto o más que los hombres que las pretenden hacer cumplir. La ley del hombre vulgar, sesgada y reducida a sus propios intereses egoicos es, lejos del propósito para el que fue creada, una herramienta consensuada socialmente para el sostenimiento de un sistema.

Dice el rey Wen:

Recurrir al proceso judicial y la penalidad correspondiente vence las perturbaciones de la armoniosa convivencia, ocasionadas por criminales, calumniadores, entrometidos, traidores y obstaculizadores. Entonces es necesario intervenir a fondo y con energía, para que no surja ningún perjuicio duradero.

Los procesos judiciales son necesarios para el orden social, pero deberían ser metodologías extraordinarias para corregir aquello que se desvió, aplicado a aquel que por su propia flaqueza comete un crimen o atropello. Y la pena, en correspondencia con el crimen cometido, una consecuencia natural del proceso judicial para ratificar la ley vulnerada y rectificar el camino evolutivo del hombre.

En nuestro caso, todo se planteó de forma inversa, fraudulenta, quedando manifestado el oscuro móvil de persecución ideológica desde el primer día. En principio, la causa contra nuestro maestro se inició por la fiscalía que decidió obrar de oficio por una calumnia publicada en La voz del Interior, sin la existencia de denuncia alguna, cometiendo los más graves atropellos contra las libertades individuales, sin prueba alguna de delito, allanando sin motivo, irrumpiendo, destrozando, amenazando… no decidió intervenir allí donde había algo pervertido que perturbara la armonía social, sino que abusando de los poderes que su cargo le otorga, simplemente inició su ciega cacería por la extrema subjetividad del prejucio y oscuras intenciones de reafirmar un poder previamente amenazado por juicios por corrupción. El criminal, calumniador, entrometido, traidor, obstaculizador, no es en este caso el perseguido por la ley, sino todo lo contrario, el funcionario que supuestamente la ejerce, obrando acorde a testimonios mentirosos, calumnias y los prejucios de secta de ciertos padres de discípulos de la escuela.

Mientras que el delito que se le imputa a nuestro maestro es nulo, con absoluta inexistencia de pruebas, los abusos cometidos por el aparato judicial contra su persona y contra todos sus discípulos, al día de hoy ya son muchas las denuncias, descargos, testimonios de amenazas, atentados y atropellos de la policía y el personal de la fiscalía de Villa Carlos Paz…

El rey Wen aclara:

Tales obstáculos no desaparecen por sí mismos. El enjuiciamiento y el castigo se hacen necesarios para provocar la intimidación y la consiguiente eliminación.

Los obstáculos son aquellas acciones que, junto con sus consecuencias, rompen la armonía de la sociedad, estorbos en el desarrollo evolutivo de una comunidad. Jamás una escuela de conocimiento liderada por un hombre noble podría ser un escollo, un factor de inarmonía. Y mucho menos nuestro maestro podría ser un criminal.

Pareciera ser, precisamente, que avalados por una fuerza de oscura inconciencia, aquellos que lo persiguen e inculpan ciegamente son el verdadero obstáculo para que una filosofía de vida sana, translúcida y evolutiva se propague en beneficio del perfeccionamiento del hombre.

El Rey Wen dice:

Pero es preciso proceder al respecto de un modo adecuado. La dureza y la conmoción serían demasiado vehementes al aplicar castigos. La claridad y la blandura serían demasiado débiles. Pero ambos pares de atributos unidos generan la medida justa.

Aun suponiendo que en un inicio la fiscalía de Villa Carlos Paz hubiera presumido la posibilidad de delito, la forma de proceder adecuada a la investidura de su cargo público, debería necesariamente haber sido la ecuanimidad e imparcialidad. Como primera medida debería haber iniciado una investigación, reuniendo testimonios de sus discípulos y allegados, información colateral de vecinos, locadores, prestadores de servicios… una mínima investigación inicial que le permitiera corroborar si su presunción era cierta o no. Sin embargo, en su proceder prepotente y ambicioso dejó ver -y aun lo hace- toda su firmeza, toda su vehemencia, toda su dureza, avalando “per se” prejuicios de “secta” firmemente arraigados en el subconciente colectivo de la sociedad… con criterios extremadamente subjetivos basados en la discriminación ideológica y de culto, sin la claridad de una mente despejada de las perturbaciones y motivaciones egoicas.

Sigue expresando el Rey Wen:

Es importante que el hombre que decide sea de naturaleza bondadosa, aun cuando en virtud de su posición, inspire una actitud de gran respeto.

“Culpa e inocencia se diferencian nítidamente ante los ojos del juez justo.”

Si la naturaleza de la fiscalía fuera humanitaria, sus intenciones serían puras: descubrir si la persona objeto de investigación es culpable o no, si existió el delito o si se han levantado calumnias sobre su persona. Y si sus intenciones fueran puras, su afán sería únicamente descubrir la verdad y ésta se le revelaría naturalmente ante sus ojos, sin repliegues. Sin embargo, esto no sucede, aun luego de un año de “supuesta investigación”.

La fiscalía de Villa Carlos Paz ha cometido decenas de allanamientos en los que secuestraron objetos que nada tenían que ver con su investigación, han sucedido otros 15 “allanamientos ilegales” en forma de robos, han amenazado, intervenido teléfonos y cuentas bancarias, hackeado y perseguido a todos los discípulos del maestro Mehir, y sin embargo no hay una prueba fehaciente de la culpabilidad del maestro.

Nuestros abogados han comprobado que no existe el delito en esta causa. Por ende, no existe un culpable, y su inocencia se hace evidente no sólo por la absoluta falta de pruebas sino también al conocer la infame trama prearmada por medio de testimonios preparados “al dictado” según las premisas persecutorias y discriminadoras de RAVICS, una secta anti-sectas que intenta erradicar “doctrinas no aceptables” y responde ideológicamente a la “Congregación para la doctrina de la fe” (Santo Oficio o Santa Inquisición), sector ultraconservador de la Iglesia Católica. Sin embargo, esto no sólo no parece evidente al fiscal Mazzuchi ni al juez de control Strassorier ni al jefe de policía, sino que aparentan, con su inaceptable proceder, ser parte de esta misma “cacería de brujas”.

Dice el rey Wen:

Un juez de naturaleza bondadosa es bueno para los procesos jurídicos, pues así no actúa con crueldad.

La firmeza del honor de su puesto y el respeto que inspira, compensan su bondad y no se convierte en debilidad.

Sin embargo, no es lo que sucede en el caso del maestro Mehir… y lamentablemente, los efectos adversos de la crueldad, de la rigidez, de la obsesión del aparato judicial corrompido por su propia ambición ya tiene consecuencias irreparables. ¿Acaso no es cruel aquel que arruina la vida de un hombre inocente por su ignorancia y codicia ciega? El maestro ha dejado atrás a sus discípulos, su familia, sus bienes, su tierra, su vida… se vio afectada su salud, su economía, sus vínculos familiares, el trabajo de su enseñanza… Todo ello por una injusta persecución ideológica disfrazada y enmascarada, deshonesta, vilmente tramada y consensuada por el aparato judicial.

Dice el rey Wen:

Las leyes se afirman mediante penalidades claramente establecidas. Las penalidades son aplicaciones ocasionales de las leyes. Las leyes contienen el registro de los castigos.

Allí donde hubo un delito, hay un vulgar que lo cometió y un desvío que debe ser enmendado mediante un castigo. Pero la pena no debe ser meramente punitoria, sino correctiva. Ése es el verdadero fin de un castigo: enmendar, reparar, enderezar. Es por ello que las leyes que regulan el orden social -o que deberían hacerlo- siempre son anteriores a los castigos, y es ilógico que se de esta relación a la inversa, porque las penas serían únicamente una expresión de saña y violencia, y carecerían de su verdadero valor correctivo. A pesar de ello, es lo que sucede con nuestro maestro: primero la condena, el afán del castigo, aún sin que exista la comprobación de una ley infringida: el pedido de captura para llevarlo a la cárcel con prisión “preventiva”. Luego, se decidirá si es culpable o inocente. Mientras tanto, un hombre que no cometió delito alguno sufre los tormentos de la cárcel por tiempo indeterminado, tal vez un año, dos, tres…

El maestro no cometió delito y es perseguido; el supuesto representante de la ley, con malicia, infringe él mismo las leyes para forzar esta persecución encarnizada y poder obrar impunemente. Un inocente inculpado, un culpable inquisidor…

El rey Wen expresa:

Reina claridad cuando al establecer los castigos se discrimina entre leves y graves de acuerdo con los delitos correspondientes. Es necesaria mucha claridad, ya que la afirmación de las leyes se lleva a cabo mediante la justa aplicación de los castigos. Claridad y severidad cuyo objetivo es mantener a los hombres en observación del debido respeto. Los castigos no son importantes en sí mismos.

No existe el delito imputable al maestro, ni leve ni grave. Sin embargo se lo busca con más ímpetu que a un asesino serial. Y para dar con él, aquellos funcionarios que deberían actuar para proteger al pueblo mediante la aplicación de la justicia, son los que corrompen las leyes y cometen actos criminales. Las leyes son abstractas en tanto no se las aplica, y la vía de aplicación la establecen precisamente las penalidades. Si la aplicación de los castigos es injusta, avasalladora, destructora y no correctiva, como sucede hoy, las leyes no son observadas. ¿Quién debe hacerse responsable por esto?

De esto se desprende que es de vital importancia que los funcionarios que ejercen la ley sean, precisamente, justos. Es tan desnaturalizado un fiscal corrupto como un médico asesino, un sacerdote pervertido… y esta es la triste realidad de hoy.

Dice el rey Wen:

Los obstáculos en la convivencia de los hombres se acrecientan siempre por la falta de claridad en las determinaciones penales y debido a la negligencia en su ejecución. Únicamente mediante la claridad y una resuelta rapidez en la ejecución de los castigos se afirman las leyes.

Las leyes, al ser “justas” son firmes e inamovibles al igual que una montaña.

Los antiguos dejaron un legado tan sencillo, concreto y claro que es incomprensible cómo hemos llegado al punto de sostener una sociedad en donde todo está al revés y que ello esté socialmente consensuado.

Cuanta más corrupción hay en ciertos funcionarios de la justicia, más desorden hay en la sociedad. Cuanto más se desvía la ley de su verdadera función ordenadora, más caos, más confusión. Una ley es precisamente ley porque no admite dobles interpretaciones ni fugas de significado o ambiguedades de ningún tipo. Y lo que vemos en el caso contra el maestro Mehir es que las leyes que se intentan aplicar son injustas, acomodaticias y herramientas de la misma corrupción que deberían castigar.

Toda una causa armada para sentar precedentes de una nueva ley (9891 o ley anti-sectas) donde se arman como trama previamente urdida, testimonios que respondan letra por letra a las premisas de persecución ideológica de la ley aprobada, enmascarada como supuesto delito de “coerción psicológica”, delito tipificado con una ambigüedad y generalización tan inconcebible que es imposible de probar, cuando de lo que realmente se trata es de negar el derecho humano elemental a la propia libertad de culto e ideología.

Una causa fraudulenta que utiliza una ley vigente, como lo es la de “abuso sexual” , delito “casualmente” no excarcelable, para mandar a la cárcel sin necesidad de pruebas a un hombre inocente, con el sólo fin de erradicar su ideología…

Aquí no hay delito. Aquí no hay criminal más que quienes ejercen esta persecución ideológica contra un hombre lisa y llanamente humanitario que jamás se ha apartado de la observación de las leyes y es un modelo de ciudadano y educador.

El rey Wen dice:

La claridad en lo interior posibilita un examen exacto de las circunstancias, y la conmoción en lo exterior procura una severa y precisa ejecución de las penas. Se necesita “celeridad” en el despacho de los asuntos penales. La claridad y la conmoción crean la condición previa para la tempestad del proceso y juicio penal que depura la atmósfera. Pero el juez debe ser “claro y cauteloso” en la aplicación de las penalidades.

¿Cómo puede estar una persona meses, años, aguardando una sentencia que determine si es culpable o inocente, mientras tanto está sufriendo las vejaciones propias de una cárcel? A nuestro maestro se lo acusa de “Abuso sexual”, un delito que jamás cometió pero que casualmente no es “excarcelable”. Por lo tanto, mientras el fiscal se toma el tiempo necesario para investigar su inocencia, el maestro debería estar preso. Y, como ya se dijo, la supuesta investigación iniciada hace ya casi un año, todavía no logra comprobar su culpabilidad, sencillamente porque no hay pruebas. Porque el delito no existe, porque el maestro es inocente. Si el maestro no hubiera tenido la posibilidad de exiliarse, hubiera estado preso todo este año, y seguramente por mucho tiempo más. Porque la justicia del hombre no contempla la celeridad, no participa del dolor ajeno, del sufrimiento… y así se hace eco de la injusticia que supuestamente intenta combatir.

Se necesita celeridad en los asuntos penales… ¿Algún funcionario judicial puede justificar en el 2012 en Argentina que una mujer mayor usada como anzuelo para encarcelar a un hombre inocente, haya estado presa 48 días, sin ninguna prueba de delito, sin justificación alguna? Este es el caso de Miriam Macías, alumna del maestro Mehir, encarcelada sin darle ninguna explicación, cuya declaración indagatoria se hizo esperar 21 días, encerrada en la cárcel de mujeres de Bower con el consiguiente daño moral, psíquico, social, ultrajada en sus elementales derechos humanos por un sistema judicial que actúa como un infame e ilegal Far West cordobés…

Aquí, la intención del fiscal y el juez de control, muy lejos de depurar la atmósfera, pareciera ser contaminarla con abuso de poder, corrupción e injusticia.

Asegura el rey Wen:

“Las prisiones no deben convertirse en morada de los hombres.”

El 80% de la población carcelaria en nuestro país no ha recibido aún una condena. La amplia mayoría de los presidiarios está aguardando una investigación que determine si es culpable o inocente. Mientras tanto, transcurre la vida entre cuatro paredes ácidas y una reja que determina abruptamente las fronteras de sus posibilidades. Un hombre confinado, ultrajado, desmoralizado… Y si es inocente, ¿quién le devuelve la dignidad a una persona que estuvo años injustamente preso por un delito que no cometió?

Nuestro maestro, siguiendo esta línea de pensamiento, no está “prófugo de la justicia” como intenta proclamar la fiscalía de Villa Carlos Paz. Afortunadamente se encontraba de viaje cuando se dio por comenzada esta cacería y, aconsejado por sus discípulos, decidió esperar lejos de su casa hasta que los ánimos de inquisición se apaciguaran. Lleva casi un año exiliado de la mano dura, injusta y cruel de unos funcionarios corruptos. De no haber tenido la posibilidad de ausentarse, hoy estaría preso, o tal vez muerto, pero claro, sin condena y con el mismo resultado de la investigación que hoy se refleja en el expediente de la causa: no hay delito.

Dice el rey Wen:

El buen juez, cuando debe juzgar faltas cometidas por los hombres, trata de penetrar en su fuero interno con gran comprensión para formarse un concepto caritativo de las circunstancias.

La más elevada comprensión, que sabe perdonar, es la más alta forma de justicia. Semejante proceso judicial no carecería de éxito; se procuraría que la impresión moral fuese tan fuerte como para no dar motivos de temer abusos. Tal caridad no sería fruto de la flaqueza, sino de una claridad superior.

Un funcionario de esta índole estaría cumpliendo verdaderamente con su rol de juez justo, imparcial, honorable, y los resultados de su ejercicio serían contundentes y evidentes: criminales corregidos, hombres enfermos recuperados, débiles fortalecidos, vulgares en el intento de la nobleza. Una comunidad en armonía. Pero, claro está, para que todo esto suceda debe ser el funcionario de la justicia un modelo de justicia aplicada a su propia vida. Algo que, por el momento, los funcionarios a cargo no reflejan. En épocas de oro de la Historia, los agentes corruptos serían tal vez los perseguidos y no los perseguidores… Buscados por la justicia para ayudarlos a sanar su obsesiva ambición e ignorancia, para volverlos dignos, para fortalecer sus debilidades que lo llevan a cometer tantos delitos… y no a la inversa.

¿Quién puede defender a un ciudadano frente a la corrupta ambición obsesiva de un funcionario hostigador? Mientras la libertad de nuestro maestro dependa de las decisiones arbitrarias del fiscal de Villa Carlos Paz, mientras nuestra supuesta libertad de culto e ideológica esté en sus manos… mientras el señor fiscal siga siendo un oscuro inquisidor avalado por altas esferas de poderes que no se rigen por las leyes divinas sino por la inconciencia de prejuicios arraigados… mientras se condene a la cárcel sin juicio a hombres inocentes castigándolos “por si acaso…”, mientras haya fiscales corruptos, jueces de control que en vez de controlar avalan la mentira y bajeza… jefes de policía que avalan procedimientos violentos, intimidatorios e inquisidores, mientras todo esto suceda, se estarán violando y ultrajando las leyes…

Apelamos con la inmediatez que requiere toda esta infamia a algún juez justo con buena voluntad que ame la verdad, la bondad y la sabiduría…

Clara y simplemente, con la inobjetable evidencia de lo que es esencial, expresa el rey Wen:

“Culpa e inocencia se diferencian nítidamente ante los ojos del juez justo.”

Rey Wen