Carta al Fiscal Ricardo Mazzuchi

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Deje su café de lado por un momento. Apoye la taza sobre el escritorio y cierre sus ojos. Relájese, relájese… imagine que a dos metros frente a usted se erigen estoicos unos barrotes, de pared a pared. Ahora imagine que a ambos lados tiene usted dos muros, mudos y sucios de dolor. Imagine bajo sus pies descalzos un piso frío y áspero, rugoso, en cuyos pliegues se anidan pelusas duras de tanto estar allí. Imagine un colchón en el piso a sus pies, con la forma de su fisonomía y la de muchos otros, calada en su lana vieja. Resista, intente estar cómodo en el sillón de su despacho pero no deje de imaginar… imagine detrás suyo un orifico amarillento, con rastros de orín en todo su alrededor y con un olor rancio y abrasivo, insoportable. Imagine que allí mismo usted orinó hace algunos minutos. Resista, señor fiscal, resista, ya termina esta pesadilla… Imagine su ropa, cuyo color ya ni usted puede distinguir: ¿tiene el color del orificio en el suelo, el del colchón agujereado, el de las paredes sucias… o una mezcla de todos ellos?

Señor fiscal, no desespere, si esta no es su realidad. Aunque podría serlo… ¿Imagina usted este cuadro de situación cada vez que baja su pulgar frente a algún desconocido del cual no conoce nada más que lo que le ha dicho algún extraño agraviado? ¿Qué sucedería si yo fuera la agraviada con usted? ¿Qué si me acerco mañana mismo al juzgado para denunciar, sollozando y con cara de víctima, sus reiterados abusos sexuales, en varias oportunidades, hace algunos años atrás y sin testigos ni pruebas que puedan confirmarlo? ¿Piensa usted que me creerían?

¿Iría usted preso aún si nadie puede comprobar estos delitos? ¿Qué cree usted; viviría los horrores que le describo más arriba en una cárcel olvidada por todos excepto por quienes viven ese infierno?
Yo creo que no, que no iría preso. Incluso, tal vez, usted buscaría la forma de indagar más sobre mí, la acusadora, buscando los sombríos móviles que me llevan a inculparlo con tan viles calumnias. ¿Acaso terminaría yo presa y usted libre? Es probable.

Entonces, ¿por qué Mario Indij es buscado por la justicia sin siquiera conocer la legitimidad de los cargos en su contra, sin declaraciones, sin la posibilidad de un juicio previo, sin pruebas?

Usted no irá preso, señor fiscal, ambos lo sabemos… pero qué incómodo se siente el encierro, aunque más no sea imaginario, ¿verdad? Las cárceles, tal como las conocemos, no deberían existir. Tampoco la supuesta justicia. Y mucho menos los fiscales corruptos.

Sin ánimo de subestimarlo, me permito una reflexión al respecto: es muy obvio que detrás de todo esto hay intenciones ocultas y que lo que se está desplegando aquí no es un caso contra un abusador sino una persecución ideológica. El señor Indij, Maestro Mehir para sus seguidores, es una incómoda piedra en su zapato y en el de muchos otros, y es preferible preso que libre… ¿Pero de qué se lo puede acusar? De libre pensador… mmm, no, no sería suficiente para llevarlo a la cárcel. De idealista, tampoco; de ¡filósofo abstracto!, no… de humanitario, de artista marcial, de justo, de sabio… Mucho menos de maestro de conocimiento, la gente ni siquiera sabe bien lo que eso significa pero no suena a nada malo. Ah! Claro! De abuso sexual, que no es excarcelable. Eso le asegura a usted su prisión por tiempo indefinido, ¿verdad? La asociación ilícita, la reducción a la servidumbre, la estafa, son delitos considerados difíciles de probar, excarcelables y que sólo funcionan en este caso como agravantes. No son lo suficientemente contundentes como para que un juez decida condenarlo de por vida.

De todas formas, sepa usted señor fiscal, que cualquiera de los cargos por los cuales usted está persiguiendo al Maestro Mehir son terribles falacias, mentiras voluntarias, originadas por el rencor, la ira y el resentimiento de un puñado de vulgares que no pudieron soportar que la mirada de Mehir dejara al descubierto su inmoralidad y falta de principios. Y es justamente esta carencia de valores primordiales la que los lleva a acusarlo hipócritamente de delitos que solamente han cometido ellos mismos en su imaginación. ¿Y dígame, cuál sería el calificativo para usted si envía a un hombre inocente a la cárcel de por vida? Usted no sabe nada de Mario Indij, pero yo sé que en lo más profundo de su ser, en un recóndito sitio escondido de su conciencia, usted, como quienes lo acusan falsamente, también teme encontrarse con la verdad de su mirada.

P.D.: Esta carta es un llamado a la moral y a la Justicia verdadera, y de ninguna forma pretende ser una amenaza, por favor no la entienda como tal.

Una discípula del Sr Mario Indij con poder legal influyente (creo que por ahora no es ético ni estratégico que revele mi nombre).