Historia de una persecución

¿Quien podría imaginar que detrás de aquella formula “el cuadrado de la hipotenusa es igual a la suma de los cuadrados de los catetos” expresada como: c2 = a2 + b2 y conocida mundialmente como teorema de Pitágoras se esconde la vida de un santo iniciado? Fue mediante la aplicación de este teorema que Galileo Galilei en el siglo XVI pudo calcular por triangulación las alturas de algunas montañas lunares; y el mismo teorema una vez más es usado actualmente en lo que conocemos como GPS para nombrar algunas de sus aplicaciones.

Aunque Pitágoras aparezca bajo el pleno día de la historia, es un personaje casi legendario. En la primera época en diversos puntos del globo, grandes reformadores vulgarizaban doctrinas análogas. Lao Tse, salió en China del esoterismo de Fu- Hi, y el último Buda Sakia Muni predicaba en las orillas del Ganges. Y no es casualidad que estos reformadores aparezcan al mismo tiempo en pueblos tan diversos. Sus misiones diferentes concurren en un objetivo común. Ellas prueban que en ciertas épocas, una misma corriente espiritual atraviesa misteriosamente por toda la humanidad.

Pitágoras era hijo de un rico comerciante de sortijas de Samos (Siglo VI D.C.) y de una mujer llamada Parthenis. La pitonisa del Delfos le había vaticinado a Parthenis “un hijo que sería útil a todos los hombres y en todos los tiempos”. A los 18 años Pitágoras había seguido las lecciones de Hermodamas, a los 20 las de Pherecide, en Syros; y había conferenciado con Thales y Anaximandro en Mileto. El sacerdote de Juno le había dicho “El Cielo de los Dioses que fue antes que la tierra. Tu alma de él viene. Ora ante ellos para que ascienda de nuevo”. El problema estaba ante él más punzante más agudo. La Tierra decía: ¡Fatalidad!, el Cielo decía: ¡Providencia! Y la humanidad que entre ambos flotaba respondía: ¡Locura! ¡Dolor! ¡Esclavitud! Pero en su interior, Pitágoras, escuchaba una voz que respondía con un grito: ¡Libertad! En la síntesis de estos tres mundos estaba el secreto del cosmos! ¿Mas dónde encontrar la ciencia necesaria para llevar a cabo tal labor? Cierto día tuvo un recuerdo cuando era niño, el hierofante del templo de Adonai le decía a su madre “Oh mujer, tu hijo será grande por la sabiduría, pero acuérdate de que si los griegos poseen aun la ciencia de los Dioses; la ciencia de Dios no se encuentra más que en Egipto”.

Contar la vida de este sabio demandaría ciento de páginas, baste decir que se inició en Egipto, que allí vio la caída y el saqueo de los templos de Menphis, Tebas y de Amón a manos de Cambesis. Fue llevado a Babilonia y allí permaneció durante 12 años iniciándose en el magismo persa, y el esoterismo hebreo. Luego de 34 años regresó a Samos. Luego pasó por Delfos lugar donde la enseñanza había sido aplastada. Decía Pitágoras: “El iniciado atrae la muerte o la rechaza a voluntad, formando la cadena mágica de las voluntades, los iniciados prolongan también la vida de los pueblos. En vosotros está el retrasar la fatal hora, en vosotros hacer brillar a Grecia, en vosotros hacer irradiar en ella el oro de Apolo, el verbo del Dios único”.

Luego partió hacia Crotona (Italia). Su objetivo no era solamente enseñar su doctrina esotérica a un círculo de discípulos elegidos, sino también aplicar sus principios a la educación de su juventud y a la vida del Estado. Aquel plan, contenía la fundación de un instituto para la iniciación laica, con la segunda intención de transformar poco a poco la organización política de las ciudades a imagen de aquel ideal filosófico y religioso. Aquella cofradía de iniciados laicos llevaría la vida común en un edificio construido ad-hoc, pero sin separarse de la vida civil. Había en el instituto una sección para las mujeres, con iniciación paralela, pero diferenciada y adaptada a los deberes de su sexo. Fue en Crotona donde su enseñanza brilló, reformando todo alrededor. Pitágoras estampó el sello de la realización a su obra.

La influencia soberana de un gran espíritu y un gran carácter, esa magia del alma, de la inteligencia, excita celos tanto más temibles, odios tanto más violentos, cuanto que es inatacable. Un cierto Cylón se había presentado en otro tiempo a la Escuela, Pitágoras muy severo en las admisión de sus discípulos, le rechazó a causa de su carácter violento e imperioso. Aquel candidato despedido era un adversario venenoso, cuando la opinión pública comenzó a agitarse contra Pitágoras, organizó un club opuesto al de los pitagóricos, una gran sociedad popular.

Una tarde que los cuarenta principales miembros de la orden estaban reunidos en casa de Milon, Cylón amotinó a sus bandas. Cercaron éstas la casa. Los pitagóricos con el maestro entre ellos, atracaron las puertas. La multitud furiosa prendió fuego la casa. Treinta y ocho pitagóricos, los mejores discípulos del maestro y el mismo Pitágoras perecieron, la flor de la orden, unos en las llamas del incendio y los otros asesinados por el pueblo. Solo Archippo y Lysis escaparon del degüello.

De este modo murió aquel gran sabio, aquel hombre divino, que había tratado de hacer entrar su sabiduría en el gobierno de los hombres. Las ciudades de Italia arrojaron de sí a los desdichados discípulos del maestro, otros murieron de hambre en algún templo.

Me pregunto ¿hasta cuando la humanidad se arrobará para sí el derecho de perseguir, encarcelar o matar a aquellos que vienen a ayudarnos? A Pitágoras lo mataron como a tantos otros pero su enseñanza sigue viva en cada claustro de estudio, no solo en la matemática abstracta, sino también en su matemática sagrada de la cual poco se sabe. Pitágoras el del rostro sereno y la voz melodiosa que seducía a las multitudes a la práctica de las virtudes del alma y la verdad. Cuando hablaba, sus ojos graves y lentos, se posaban sobre el interlocutor y le envolvían en una cálida luz. El aire a su alrededor parecía volverse más ligero e intelectualizarse todo.

Mehir no es Pitágoras, ni tampoco el Cristo. ¡Pero qué mucho! ¡Qué mucho que se parecen los Mazzuchi, los Silletas, los Carreras, los Navarros y compañía a los bárbaros que persiguieron y crucificaron a Uno y quemaron en la hoguera al Otro!

Mi nombre es Manuel soy discípulo de Mehir. Maestro a quien respeto y amo profundamente, y es lo único de lo cual puedo sentirme orgulloso. Me declaro humildemente guerrero, porque trato de no buscar la certeza en los ojos de los demás, porque me duela o no, me hago responsables de mis actos y no culpo a nadie de lo que me toque en suerte y porque tengo a la muerte como consejera.

Nuestra enseñanza, digo: El Cántaro llegará a la humanidad a pesar de los detractores y las persecuciones. Porque el odio que se rebela contra el odio, sucumbe ante el mayor de los bienes: “el Amor” y porque sencillamente, amar, es estar vivo en lo que uno ama. Llegará el tiempo de la verdadera religión: aquella que tenga dulces mitos y leyendas aleccionadoras para los niños, una filosofía profunda para el hombre maduro, y tierno consuelo para los ancianos.

La enseñanza llegará, aunque no lo presencie, dejaremos de ser por fin hijos de guarderías donde nos arrojan cuando niños. Ancianos de geriátricos a donde nos arrojan cuando envejecemos.

Si a los 57 años que tengo, después de haber pasado por la universidad como estudiante, y luego de 15 años como docente de la UTN, luego de 30 años como profesional y empresario y de haber viajado por el mundo, me dicen que estoy alienado, que me lavaron la cabeza; pienso en Nietzsche cuando decía: “Hay gente que es tan conservadora, que prefiere morir todos los días sobre una nada segura a vivir en un algo probable”. Bueno, yo elegí vivir en “un saludable algo probable”.

MANUEL