La Condición Humana

El mayor mal de nuestro tiempo es que la Ciencia y la Religión, aparecen como fuerzas enemigas e irreductibles desde que desaparecieron las escuelas de conocimiento. Desde que la Ciencia enajenada por sus descubrimientos en el mundo físico, hace abstracción del psíquico e intelectual y se ha hecho agnóstica y materialista en sus principios y finalidad; desde que la Filosofía, desorientada e impotente entre ambas, ha abdicado en cierto modo de sus derechos para caer en un escepticismos trascendente, una escisión profunda se ha operado en el alma de la sociedad al igual que en la de los individuos. Este conflicto, al principio necesario y útil, puesto que estableció los derechos de la Razón y de la Ciencia, ha terminado por ser causa de Impotencia y agotamiento.

La Religión responde a las necesidades del corazón: de ahí su magia eterna; la ciencia a la del espíritu de allí su fuerza invencible. Pero desde hace mucho tiempo estas dos potencias no saben entenderse y convivir. La Ciencia sin esperanzas y la Religión sin prueba, se alzan una frente a la otra y se desafían mutuamente sin poderse vencer.

Quienquiera que seamos, a cualquier escuela filosófica, a que podamos pertenecer, todos llevamos en nosotros mismos estos dos mundos enemigos, en apariencia irreconciliables, que nacen de dos necesidades indestructibles en el hombre: la necesidad científica y la necesidad religiosa. Así como el abatimiento sucede a la fiebre en un enfermo, aquella tensión se ha convertido en marasmo, en tedio, e impotencia.

Bajo tales auspicios, la literatura y el arte han perdido el sentido de lo divino. Y lo que hoy vemos como manifestaciones del arte y de la literatura, sólo es la apología de los bajos instintos, el fango del vicio o la pintura complaciente de nuestras lacras sociales; en una palabra, la negación sistemática del alma y de la inteligencia. Y la pobre Psiquis, perdidas sus alas, gime y suspira de extraño modo en el fondo de aquellos mismos que la insultan y la niegan. A fuerza de materialismo, de positivismo y de escepticismo, este siglo ha llegado a una falsa idea de la Verdad y del Progreso. Y el hombre no encontrará la verdad en tanto conciba el desarrollo de la humanidad, como la eterna marcha hacia una verdad indefinida, indefinible y a la que jamás tendrá acceso.

La Verdad era otra cosa muy distinta para los sabios y teósofos de la antigüedad. Ellos, sin duda, sabían que no se la puede abarcar ni equilibrar sin un sumario conocimiento del mundo físico; pero también sabían que reside ante todo en nosotros mismos, en los principios intelectuales y en la vida espiritual del alma. Para ellos el alma era la sola, la divina realidad y la llave del Universo. Reconcentrando su voluntad, desarrollando sus facultades latentes, alcanzaban el luminar vivo que llamaban Dios, cuya luz hace comprender a los hombres y a los seres.

¿Acaso estos teósofos fueron puros contemplativos, soñadores impotentes, faquires subidos a sus columnas? ¡ Error! El mundo no ha conocido hombres más grandes de acción, en el sentido más fecundo, el más incalculable de la palabra. ¿Qué produjo el positivismo y escepticismo de nuestros días? Una generación seca, infértil, sin ideal, sin luz y sin fe; no creyente en el alma ni en Dios, ni en el porvenir de la Humanidad, ni en esta vida ni en la otra; sin energía en la voluntad, dudando dé sí misma y de la libertad humana. Así el hombre agobiado, no encontrando a Dios y la correspondencia de su amor, ni en la religión, ni en la ciencia, lo busca ansiosamente en la mujer. Si lo hace a través del romance ilusorio (o lo que los antiguos llamaban amor fatal); su vida será un derrotero sin fin, sumándose a la enorme fila de los mártires auto condenados a una viudez eterna que no comprenden. Torturado y suspirando ante un reflejo, y una imagen siempre ilusoria. Pero si lo hace a través del conocimiento, condición que solo puede otorgarle una escuela de conocimiento, es mediante la iniciación de las grandes verdades, que encontrará a Dios en ella y ella lo encontrará en él. Entre esas almas que se ignoran recíprocamente y que se ignoran a sí mismas, que a veces se separan maldiciéndose, hay una sed inmensa de penetrarse y de encontrar en esa fusión la dicha imposible. Y esta búsqueda desesperada es necesaria; ella sale de un divino inconsciente y será un punto vital para la reedificación del porvenir. Porque cuando el hombre y la mujer se hayan encontrado a sí mismos uno y otro por el amor y la iniciación, su fusión será la fuerza radiante y creadora por excelencia de su trascendente compenetración.

Por otro lado la tan buscada Verdad se encuentra, por lo tanto, en el fondo de todas las grandes religiones y en los libros sagrados de todos los pueblos. Sólo que es preciso saberla encontrar y extraer. Hoy vemos como las cáscaras de las grandes religiones ponen su énfasis, mas en ver en que se distinguen una de otra, que en aquello que realmente siempre las unió. Así, asistimos con horror a las guerras entre ellas en distintas parte del mundo; esto nos recuerda a Dios ocasionando la muerte de Dios a propósito de aplacar a Dios. ¡Qué cosa más absurda!

Si se contempla la historia de las religiones con los ojos iluminados por la verdad central, que sólo la iniciación interna puede dar y que solo una escuela de conocimiento puede fomentar, queda uno a la vez sorprendido y maravillado. La religión es, y no puede ser otra cosa, más que la poesía colectiva sentimental de las grandes almas. Para las almas elevadas, la religión es una fuerza vigorosa resultante de una confianza intensa por amor a la humanidad.

Hay que reconocer que éste es un hecho bien digno de tenerse en cuenta, porque supone que los sabios y profetas de los tiempos más diversos han llegado a conclusiones idénticas en el fondo, aunque diferentes en la forma, sobre las verdades primeras y últimas, y ello siempre por la misma vía de la iniciación interior y de la meditación. Agreguemos que esos sabios y esos profetas fueron los mayores bienhechores de la humanidad, los salvadores cuya fuerza redentora arrancó a los hombres del abismo de la naturaleza inferior y de la negación.

Sólo la certidumbre en el Alma inmortal puede convertirse en la base sólida de la vida terrestre, y sólo la unión de las grandes Religiones, por medio de un retorno a su fuente común de inspiración, puede asegurar la fraternidad de los pueblos y el porvenir de la humanidad y es allí la razón de ser del Cántaro.

Hoy si se le ocurre a alguien probar la existencia del alma, escandaliza a la ortodoxia del ateísmo, al orden social, y al dios que todo hombre adora y que ha hecho para sí a su propia imagen o aquel que las autoridades, más o menos interesadas en su ignorancia y en su debilidad, le impusieron. Tal cual como antes se escandalizaban los ortodoxos de la Iglesia al negar a Dios.
No se arriesga ya la vida, es verdad, pero se arriesga la reputación y en nombre de cualquier acusación absurda, puede uno ir a dar en la cárcel.

La fe, es el valor del espíritu que se lanza adelante, seguro de encontrar la verdad. Y es cuando el hombre encuentre la verdad, que deberá decidir; si sigue adhiriendo al simulacro fatal de felicidad que este mundo le impone, o salta a lo inconcebible. Será entonces cuando comprenda que Dios es, y solo puede ser, el ideal del hombre. Comprenderá que Dios se hará verdaderamente hombre, cuando el hombre se vuelva tan bueno como debe ser Dios.

Recobrará a ese poeta enamorado del ideal que es la fe, y que existe la redención, en otras palabras, solidaridad entre los hombres; y que allí donde hay un espíritu de Dios hay libertad. Entenderá así: que el que les da el pan a los pobres, da el pan a Dios; el que consuela a una víctima, un Dios le consuela; que el que bendice a un infiel, le bendice Dios; que el que hiere a un hombre, a Dios hiere; que el que maldice a un hombre, maldice a Dios; y que el que masacra a un hombre, comete Deicidio.
Y cuando el guía de la familia humana entra en este camino, podremos decir con Voltaire: “Dios es la libertad. El hombre comprenderá a Dios, y merecerá ser libre”.

Llegará el momento que el hombre cometa el más bello acto de egoísmo pocas veces llevado a cabo, pondrá todo su amor a sí mismo en su prójimo, sucederá entonces “La Era del Aguador”.

Es mejor vivir a la luz de las ideas que a la sombra de esta supuesta justicia que nos niega y nos condena, ya que creer sin saber es debilidad, creer por saber es poder.