Las cosas por su nombre

En el año 551 a.C. nace un sabio entre los sabios, Confucio, quien desde niño fue educado por su madre Shen Chen Sai, una mujer abnegada, bella, fiel, una sacerdotisa. Kun Fu Tsé (Confucio) crece sin su padre, Shu Liang Ho, guerrero noble, de estampa increíble, honorable, humanitaria, quien pierde la vida en el campo de batalla protegiendo a su familia del ataque de los bárbaros.

Nutrido por el amor de su madre y las historias heroicas de su padre, fue creciendo aprendiendo los ritos y costumbres. Su interés por el estudio era notable, cada minuto libre se sumergía en las ideas. En todo su accionar plasmaba el ejemplo, intentaba mejorar las condiciones de vida imperantes, y reflexionaba:

“…Los males provienen de una alteración de los sentidos.
El soberano no se comporta como soberano.
El ministro no es ministro.
El padre no es padre
El hijo no se comporta como tal.
Cada palabra encierra un destino.

Si los nombres no corresponden a las cosas,
Entonces se produce confusión en el lenguaje…”

A los 22 años decide enseñar, y muchos, sedientos de su doctrina revolucionaria, acuden a él. Era un apasionado en el conocimiento. Muchas veces con sus cuestionamientos, siendo un simple cortesano, dejaba atónitos a los orgullosos intelectuales de Lo Yang. Con el paso del tiempo crecía su conocimiento y su discipulado. En ocasiones era llamado a la corte para dar consejo sobre cómo llevar el reino.

Lamentablemente en esa época también existían los celos, envidia y competencia, la sed de poder. No faltaba el ser malicioso que quisiera perjudicar a este sabio filósofo, mediante la astucia y la corrupción. Sufrió varios exilios, fue un señor errante, acosado y perseguido por sus enemigos. Su último exilio, fue durante 13 años. Sin embargo, perseguido o no, donde quiera que se encontrara era llamado muchas veces por altos funcionarios de uno u otro estado para consultarle sobre la conducta a seguir en el gobierno.

Confucio fue el rectificador de los nombres, las costumbres y los ritos. Quien plasmó en la tierra las Leyes del Cielo, un Yu (letrado experto en las ceremonias y ritos).

Luego de la muerte de Confucio, sucedieron persecuciones hacia los confucianos (uno de los verdugos de la época era Che Huang Ti), y ante la insistencia de los seguidores de Confucio de restituir las leyes, fueron ejecutados. Se llevaron libros, se decretaron leyes prohibiendo sus libros, se trataba de silenciar el verbo, los tiranos que asumían el poder no lo hacían para mejorar y ayudar al pueblo, sino para sus propios intereses. No les convenían las ideas revolucionarias que ofrecían los confucianos.

“La principal diferencia entre el hombre noble y el vulgar
Consiste en que aquel sabe conservar la pureza de su corazón.
El hombre noble es bondadoso y cortés con todos.
Puesto que es bondadoso, ama a sus semejantes;
Porque es cortés, respeta a todo el mundo.
Quien ama a los hombres es amado por ellos;
Quien los respeta, es a su vez, respetado.”

Nuestro maestro no es Confucio, es Mehir, Mario Darío Indij, un sabio, que en medio de la decadencia intenta rectificar los nombres, las instituciones, que todo sea acorde a las leyes del cielo. Un educador, un ser benévolo, noble, de convicciones puras.

Al igual que Kung Tsé y los iniciados de todos los tiempos, sufre el exilio y una persecución encarnizada y vale decir, ridícula, basada en mentiras, y sostenida por la tiranía del poder reinante que busca acallar el verbo luminoso, doblegar la fe de sus discípulos mediante manipulaciones concretas como los allanamientos con mensajes subliminales, el cierre de nuestra página web, el hacernos saber que estamos siendo vigilados las 24 horas, intervenidos nuestros celulares, robadas nuestras casas, tratan de infundirnos miedo y hacernos saber quién tiene “el poder”.

Pretenden que el status quo permanezca sobre la Tierra ensombreciendo las almas, pretenden seguir manejando el poder sin que nada ni nadie los moleste. Hoy en el siglo XXI, en supuesta democracia, libertad de culto y de expresión, viviendo en un país “civilizado”, nos encontramos sufriendo la persecución de un hombre de bien al que buscan crucificar como lo hicieron con el Cristo.

Crean o no crean los escépticos de turno, Mehir es un sabio con mucho para enseñar. Hace  nueve años que lo conozco y doy fe de su impecabilidad. A su lado muchos logramos una vida más sana, una vida de esfuerzos, en busca de lo verdadero, lo bueno y lo justo.

A siete meses de su exilio, seguimos esperando una respuesta honorable de parte de la justicia, que se limpie el buen nombre de Mehir y se respeten nuestros derechos.

Pedimos:

Justicia,
Justicia,
Justicia.