¿Qué es “tomar conciencia”?

Mamá, ¿qué es “tomar conciencia”?

Busco palabras simples para que mis hijos puedan comprender, e intento explicarles que tomar conciencia es darse cuenta de lo que estamos haciendo, observar que cada uno de nuestros actos tendrá sus consecuencias, hacernos responsables.

Les hago saber que a lo largo de nuestra vida vamos transitando un camino recto, y son nuestras buenas acciones las que nos permiten mantener esa rectitud. A veces cometemos errores, pensamos y actuamos mal, nos equivocamos; y entonces nos desviamos del camino recto. Andamos por los deslindes, que son zonas de peligro porque allí corremos el riesgo de desviarnos.

Pero, ¿cómo se hace para volver al camino recto?

Para eso justamente sirve la conciencia: observamos aquello que hicimos, vemos el daño que eso causó en nosotros y en los demás. Y sentimos una vergüenza y un dolor en el alma que recordaremos para siempre. Así, con ese arrepentimiento, volvemos al camino recto.

¿Y qué pasa con las personas que repiten muchas veces los mismos errores y no vuelven al camino recto?

Para ellos, el I Ching dice: “Desventura”.

Mis hijos juegan a la pelota, a los autitos, dibujan, corren. Con su inocencia y su enorme imaginación, inventan ciudades y crean mundos. Y también van creciendo en conciencia, se van haciendo responsables de sus actos, van aprendiendo cada día los valores que necesitarán para ser hombres verdaderos.

¿Pero cómo explicarles que a veces puede ser peligroso defender lo que uno cree? ¿Por qué pedirles que agreguen a su vocabulario palabras como “allanamiento”, “abuso”, “corrupción”, “injusticia”? ¿Cómo podrían comprender que hay personas que no tienen la mínima conciencia? ¿Cómo explicarles el horror de un mundo equivocado?

Yo no tengo nada que ocultar a mis hijos: lo que yo creo, aquello que elegí es justamente ese camino recto del que les hablo. Yo también sufro a veces mis desvíos, pero es mi propia conciencia la que me permite enderezar la marcha. Y ellos lo saben: gracias a Dios, lo que soy y lo que intento ser, es totalmente transparente para ellos. Pero no todos pueden decir lo mismo en esta situación absurda que el tiempo se encargará de revertir.

Yo prefiero inculcarles la capacidad de perdón y de arrepentimiento. Prefiero que siempre crean en las posibilidades del ser humano, de ellos mismos y de su prójimo. Prefiero que sepan que siempre pueden enmendar sus errores y volver al camino recto. Que cultiven la gratitud, la humildad, la receptividad. Que aprendan en cada momento a dar una respuesta correcta.

También prefiero que sepan que la conciencia siempre llega, tarde o temprano, aunque a veces demasiado tarde. Nadie se salva del juicio de su propia conciencia. La verdad, tarde o temprano, pone las cosas en orden.

“El hombre ha de desarrollar la virtud de la bondad humana, porque corresponde a lo más íntimo de su naturaleza: la benevolencia, la justicia, la urbanidad, no nos vienen del exterior. La naturaleza las ha colocado en nuestro interior; pero ocurre que la mayor parte de los hombres no presta atención a esos gérmenes interiores.  Si uno busca esas virtudes, las encuentra; si descuida esas virtudes, las pierde”.

Prefiero dejarles una impronta de conocimiento, la misma que forjó mi maestro en mí, que es un tesoro que guardo y aplico cada vez que debo pararme sobre mis propios pies. Cuando ellos sean hombres y transiten su propio camino, sabrán usar ese conocimiento como una huella por la que siempre podrán pisar firmemente.

Como madre y educadora, ese es mi objetivo. Y en el ejercicio de transmitirles esos valores todos los días, intento afirmar en mi interior las enseñanzas de mi maestro. Somos, mis hijos y yo, compañeros de aprendizaje. Con una enorme responsabilidad: la de tomar conciencia.