Una despedida y un legado de luz

El domingo 3 de agosto al mediodía, en una ceremonia tan íntima y emotiva como plena de sentido en cada aspecto, las cenizas del maestro Mehir se fundieron con el río Yuspe, en la tierra de Leyenda que él mismo había ensoñado y creado.

Torii

Es así, se muere como se vive: Debemos comprenderlo, para vivir mejor. Y también para dejar este mundo nuevamente, una y otra vez, llevándonos en nuestro ser más profundo la enseñanza que vinimos a aprender.

Cada uno de los que estaban allí presentes llevaba -y lleva- en su cuerpo y en su alma, el sello con el que marcó la presencia de Mehir en sus vidas. La marca indeleble de un fuego que cada uno absorbió en la medida que pudo, mereció y se esforzó.

El domingo, en las tierras del Sil Lum, había discípulos de todas las épocas de su enseñanza. Algunos que lo siguieron durante 40 años, y también quién luego de un solo un encuentro se había dado cuenta que era a Él a quién había estado buscando toda su vida. Estaban los compañeros del exilio de estos últimos tres años. Fuertes. Transformados. Diferentes a cuando partieron. Estaban sus hijos y sus hijas. Las mujeres y hombres que lo amaron. Su familia de sangre. Su familia entera.

Cada uno de los que estaban allí presentes sabe que el legado de un maestro como Mehir no se perderá jamás. Que lo que muere es este cuerpo físico. Pero que las Ideas, la disciplina, la entereza moral, la fe inquebrantable, el arte consagrado, el intento inflexible y la paciencia que transmitió en cada día de su vida, con amor incondicional, perdurarán por generaciones.

En silencio, el grupo realizó una caminata por la montaña hacia el río. Había dolor, sí, y hubo lágrimas, sí. Pero sobre todo estaban presentes, palpables, el amor, el respeto, y el homenaje íntimo a un hombre único y ejemplar en todo sentido. Un hombre que hasta el último momento de su vida -e incluso después, como quedó claro- se dedicó a enseñarnos cómo vivir mejor. Cómo esforzarnos para morir sin dejar cuentas pendientes. Un Maestro que se debe convertirse en un referente a la hora de tomar cualquier decisión trascendente en nuestras vidas. Para tomar conciencia de que vamos a morir como vivimos.

En un día domingo, en las montañas más antiguas del planeta, uno de sus discípulos recitó un poema donde la muerte no existe, sino que la vida es inmortal. Hijos suyos, parado sobre las rocas que bordean el río, con espadas, tajearon el aire con movimientos firmes y fluidos, con un profundo kiai. Una de sus hijas, heredera del arte marcial del Lien Chi, con gestos delicados y movimientos armónicos, fue suavemente vertiendo las cenizas de su padre en el río. El viento, por momentos, llevaba las cenizas más allá y entonces se disolvían en el aire. Y se elevaban al cielo.

Luego, la melodía mágica de la flauta sonó en los corazones de todos los presentes. Y fue en ese momento en que, esperado, espléndido y con origen divino, salió el sol entre las nubes, como un gesto implícito que estábamos esperando.

Cada uno de los que habíamos estado allí, en el ritual de despedida de nuestro Maestro, habíamos sido testigos privilegiados de uno de los últimos actos de un Mago excelso. Desde aquí agradecemos a cada uno de los familiares, hijos, amigos, discípulos, que han participado en esta despedida; una despedida que es un “hasta pronto”. Cada uno fue y es partícipe de la vida de un ser excepcional, un ser que más allá de la partida de un cuerpo físico, nos sigue haciendo vibrar con sus enseñanzas.

En esas cenizas se despedía la presencia física tan amada de quien siempre nos instaba a celebrar todos los días como una fiesta, alentándonos a comprender que toda despedida es un reencuentro y cada muerte, un nacimiento… Todos los que estuvimos en esa despedida sabemos que más allá de las cenizas, hay una realidad inefable e incorruptible, su leyenda, un legado de luz al que jamás habremos de despedir…