La castración en la sociedad actual

Hace aproximadamente tres meses explotaba la bomba dentro de la Escuela del Maestro Mehir: el maestro acusado falsamente de haber cometido abuso sexual de tres ex-discípulas. Ellas, las supuestas víctimas, eran tres mujeres que no llegaron a dar la talla en el camino del intento de nobleza, tal como enseña Mehir. Él, el maestro, habiendo dedicado su vida a la ardua tarea de corregir lo viciado, de enderezar lo torcido, de sanear lo oscuro en las vidas de sus discípulos para lograr condiciones más normales de existencia para ellos, sus familias y su entorno inmediato. La mujer irredimida en el lugar de la víctima; el sabio, señalado por la oscuridad que todo lo aplana, por la mente obnubilada que confunde, tergiversa, mezcla y retuerce. Un dejo de sabor a otras épocas, a otros sabios, a otras confusiones de la Historia con resultados terribles. Casualmente, la médula del proyecto de Mehir: la mujer. Su aspiración más elevada: la mujer leal y digna como núcleo primario de la sociedad, la familia. Paradójica e irónicamente, estas tres mujeres desleales e indignas, lo acusaban de haber abusado sexualmente de ellas.

Lanzada la bomba, lo que siguió fue algo vergonzoso para una sociedad democrática como la que habitamos: hogares de familia allanados por policías armados como para combatir contra un ejército de talibanes, discípulos perseguidos, supuestos robos de computadoras y teléfonos para conseguir información útil a la investigación, una mujer encarcelada por más de un mes sin motivos como botín y amenaza al gurú perseguido, y demás muestras de una persecución encarnizada que, además de desprestigiar el buen nombre del Maestro de Conocimiento, dejaron en evidencia las ambiciones ciegas del fiscal de Villa Carlos Paz, R. Mazzuchi –y su fiscalía- para quien actuar “de oficio” resultó una justificación para el desbande. De más está decir que al día de hoy, no se encontraron pruebas ni nada que comprobara el supuesto delito, más que estos débiles testimonios.

Obviamente, esto no hubiese sucedido si Mehir fuera un maestro de piano. Tampoco hubiese llegado todo tan lejos si la acusación hubiese sido por asociación ilícita, por ejemplo. Pero una acusación de abuso sexual por parte de un maestro espiritual es un cóctel atractivo para las masas aburridas de tanta esterilidad en sus vidas poco intensas; una proyección ahí afuera de las aberraciones que transcurren puertas adentro de sus casas, de sus pensamientos. Y no hay excepciones, sí matices; hay degenerados obvios, que violan y denigran… y hay también los que oran en el banco de la Iglesia y se masturban silenciosos al llegar a casa. O, menos evidente, más cotidiano: está aquel viejo verde que se babea viendo de reojo a la rubia de pechos prominentes que asoman detrás de un hilo dental, mientras le dice a su nietito “qué minón”. Vivimos inmersos en una cultura patológica, cuya enfermedad ya se ha hecho, a lo largo de los siglos, crónica y muy difícil de curar.

Como diría un productor de alguno de los programas de televisión del momento “un maestro acusado de abuso sexual, garpa”. Garpa para el diario que necesita incrementar su circulación, para el programa que quiere sumar unos puntos extra de rating, y  garpa para el fiscal sediento de fama y ambición, y por qué no de dinero, ya que se sabe que hay alguien “pesado” detrás de toda esta infame campaña que atiza el humo negro de la persecución.

De todas formas, pondremos el foco en el caso de abuso sexual y no en la corruptela de la Justicia, ya que esta recusación corre actualmente su curso legal.

Las primigenias tradiciones filosófico religiosas han ido sufriendo las erosiones propias del paso del tiempo, de forma tal de adaptarse a los cambios socio-culturales de cada época. Así, la religión pasó a tener más bien un carácter funcional a la vida de sus seguidores para no incomodar y espantar a los adeptos. Y se fue dando una sutil transa por debajo de las plegarias, sacrificios y oraciones; Dios se ha convertido poco a poco para los católicos en “alguien” (cuyo nombre y apellido es Dios) en quien depositar las miserias que el hombre padece; una proyección de un salvador desvirtuado, que le conseguirá a sus fieles trabajo, dinero, salud, un novio, fertilidad, un viaje… a quien le recite con fe 85 padrenuestros y le encienda una vela a la estampa que lo retrata en su forma humana.

El hombre se ha vuelto ingenuo y ciego, y es muy poco de Espíritu lo que queda en cualquiera de las religiones tal como se presentan hoy. Y, por supuesto, uno de los síntomas más terribles y dolorosos que se derivan de esta patología religiosa que padece toda la sociedad es la castración sexual. El hombre es religioso de la cintura para arriba… de la cintura para abajo nadie sabe cómo ser espiritual. No nos han enseñado esos aspectos pecaminosos, sucios, miserables. Poco a poco, la cultura se ha ocupado de reprimir y castrar al hombre a este respecto al punto que se cree que la forma indiscriminada de concebir la sexualidad es liberal, cuando no es más que la otra cara de la misma moneda, un grito de falsa rebeldía frente a tanta represión sexual.

Cuando conocí a Mehir, me alivió saber que la sexualidad es tan parte de la espiritualidad como la oración y que, de hecho, ambas son dos formas de experimentar a Dios. Un hombre no puede castrar su sexualidad para ser espiritual, porque cuando esto sucede, surgen las degeneraciones archi-conocidas, objeto de los más tristes chistes verdes entre curas y monjitas de clausura, las aberraciones que todos callan pero que sabemos que suceden en las mejores familias, los titulares del diario de las noticias más siniestras de la sección policiales. ¿Qué sucede si uno aprieta el globo desde abajo? Se hincha arriba. Pues, de igual forma, ¿qué sucede cuando se amputa psicológicamente de la cintura para abajo a la persona? Evidentemente, explota por arriba, y se degenera solapadamente en sus pensamientos, en su imaginación… todo de la puerta para adentro.

En este contexto social que tanto nos cuesta discernir y objetivar, justamente por estar inmersos en él, nuestro sexo se da por debajo de una línea que podríamos llamar “sexualidad normal”: anorgasmia, frigidez, eyaculación precoz, necesidad de exageraciones físicas o de estimulación mental, impotencia, partes negadas de nuestro cuerpo, sobre estimulación en todas sus formas, etc., conforman lo que hemos dado en llamar “sexo”. Eso, que por padecerlo todos parece simplemente que “así es”, pues no es normal, ni sano ni evolutivo, y Mehir nos ha enseñado a sus discípulos que antes que sexo más precisamente es “infrasexo”.

Obviamente, no es el Maestro Mehir que intentan describir los que lo acusan de abuso sexual el que habla a sus discípulos de la necesidad de una sexualidad discriminada, sana, consagrada. Obviamente, no es el depravado que pretenden retratar quien nos enseñó a vincularnos sanamente con nuestras partes negadas y a vivir una sexualidad plena, espiritual.

Es por esta misma patología cultural que la fórmula de asociar lo espiritual con una sexualidad ruin es un argumento que funciona entre las masas tan bien como una súper producción de Spielberg. Esta incomprensión, surgida de su propia castración sexual, es la que llevó a estas mujeres a dar su testimonio desvirtuado y a su abogado a enseñarles cómo debían declarar para que toda la causa se centrara en el tema sexual, porque de otra forma se caería antes de llegar a juicio. Esta incomprensión es la que llevó al fiscal a ensañarse tanto con un sabio como lo es Mehir para, incluso, obviar algunos procedimientos legales con tal de atraparlo rápido… todos llevados por su propia frustración sexual, el peligroso combustible que hará explotar en breve su propio globo.

Soy discípula del Maestro Mehir, orgullosa y feliz de serlo, aunque las circunstancias momentáneamente adversas hayan llevado a mi Maestro a refugios lejanos. Hoy “abuso sexual” es para mí sinónimo de persecución ideológica, de mentira incomprobable que puede llevar a la cárcel a cualquier hombre por el agravio injustificado de una hembra en celo. Y nunca lo había percibido como  fenómeno social producto de esta cultura patológica, pero desde que me vi en la obligación de informarme sobre el tema para comprender lo que en verdad estaba sucediendo, descubrí que la gran mayoría de los líderes espirituales actuales son perseguidos y hasta apresados por supuestos delitos sexuales, fundamentalmente por abuso. No por estafa, no por robo: abuso sexual. Y digo “supuestos abusos” porque doy fe que en el caso de Mehir no es más que una persecución ideológica sin fundamentos que, al no tener la contundencia suficiente para enjuiciar, desprestigiar y condenar a un hombre, cobra una forma que en nuestra sociedad infrasexuada es bien eficaz. En una sociedad castrada, pacata, sexualmente timorata y frustrada, una acusación de abuso sexual alcanza para mandar a un hombre a la cárcel sin necesidad de pruebas ni defensa. En el reino del infrasexo la castradita irredimida es reina y, seguramente luego de haber seducido a su propio abogado y al mismo fiscal, los convenció de que en verdad era una víctima de un monstruo horrible que se le montó encima, la penetró, la manoseó y luego la dejó sollozando en el piso. Y ella lo vio irse murmurando entre lágrimas “por quién me has tomado”.

La película es entretenida y consuma las fantasías de muchos morbosos, pero no fueron así los hechos. Mehir es un Maestro de Conocimiento, no un vulgar con necesidad de frotarse contra una mujer para tener una sensación fuera de este mundo. Él vive fuera de este mundo, sin las necesidades inventadas que puede tener quien no es aún un liberado viviente.

Debemos establecer un parámetro antes de iniciar un juicio, antes de cuestionar de qué estamos hablando: si no se cree que existe la posibilidad de un hombre cuya razón esté esclarecida, un hombre que tiene un nivel de ser por completo diferente al propio, si no se da lugar a la idea de que pueda existir un sabio como los de antaño, entonces, no hay nada que juzgar, porque Mehir y su enseñanza no pueden ser reducidos al fango en el que habita el hombre medio. Ni él, ni su escuela, ni sus discípulos. Y mucho menos su sagrada sexualidad.