Una Torre de Mentiras

Un domingo trágico se publicaba una nota en un periódico que transformaría para siempre la vida de un hombre y la de cientos de sus seguidores. Todo por una granada de mano llena de mentiras, arrojada por un periodista poco ético que tiñó de sangre la ciudad de Villa Carlos Paz. Así obran, así escriben. Dese cuenta, no nos informan. Nos manipulan.

El periodista se ha vuelto un traficante de palabras, un estafador de la realidad, un tránsfuga que se vende al mejor postor… Él, que debería ser el transmisor objetivo e imparcial de lo que sucede, un heraldo digno que nutre el derecho a estar informado de cualquier ciudadano, él se ha convertido en un enemigo solapado, un hombre sin escrúpulos que simplemente vende su alma al mejor postor. A veces del lado del bandolero, otras del justiciero, a veces con el inocente, otras con el culpable… todo depende de la suma de dinero y de la cantidad de luminarias que ofrezca el cartel.

Gurdjieff dio en llamar a este perfil psicológico “hassnamus”, uno de los dos principales destructores del conocimiento, junto con la psicosis de guerra. También habló de la “mentalidad de periodista”. Y con este término, no pretendía encerrar únicamente a los periodistas propiamente dichos, sino a todos los “aparatos formatorios” que jamás podrían tener un pensamiento propio, fuera del inventario restringido que se armaron, a lo escaso que conocen del mundo  y que únicamente pueden citar lo que leen o escuchan sin someterlo a crítica e, incluso, tergiversarlo aún sin entenderlo.

Si un hombre quiere destruir el buen nombre de alguien, basta con que compre a un periodista. Y ese será el principio del fin.

Unos meses atrás un ignoto periodista del diario cordobés La Voz del Interior se encegueció con la posibilidad de que su nombre trascendiera las páginas del periódico local, respondiendo a los intereses ciegos de un grupo de fanáticos antisectas (el Sr. Alfredo Silleta, el Dr. Walter Navarro, los miembros de RAVICS, etcétera) y con el apoyo del Dr. Ricardo Mazzuchi, fiscal de Villa Carlos Paz. No se sabe cuál fue la cifra que lo tentó para descender a los infiernos ni exactamente quién de todos la puso, pero fue suficiente para inspirar un titular contundente: El gurú que odia a las mujeres, que más que título sonó a sentencia.

Para sorpresa del propio maestro Mehir y de sus seguidores, el artículo se refería a él, aunque lejos de reflejarlo, retrataba a un hombre vil, abusador, degenerado, ambicioso, siniestro… un absurdo impensable para cualquiera que conozca a Mario Indij, el maestro Mehir.

El guiso se había cocinado de antemano y sólo necesitaba el último fuego para servirlo: un argumento que parecía extraído del peor culebrón venezolano en donde el malo era muy malo, el corrupto muy corrupto y el periodista nada más que un tarado al servicio del mal.

Veamos algunos detalles de la trama: el código penal establece que una persona injuriada y calumniada en un medio de comunicación está en su derecho de iniciar un juicio por calumnias e injurias para reparar el daño… salvo que exista una causa penal que implique al injuriado. Hasta ese momento, Mario Indij era un hombre libre, que circulaba alegremente por las calles de Villa Carlos Paz dando muestras de su generosidad e integridad a cada paso. Pero bastó que la nota se publicara para que en ese mismo momento el fiscal decidiera actuar de oficio ante “pruebas” tan “contundentes” como las que daba el artículo del diario… entonces él mismo abrió una causa en contra del maestro Mehir. Ya no era posible exigir al periódico que desmintiera las falsas acusaciones con una demanda. Todo había sido planeado con antelación: el fiscal Mazzuchi había abierto una causa motivado por las acusaciones que hacía el periodista, a su vez motivado por el dinero que puso un fulano de tal, que a su vez estaba motivado por… y así se cocía el guiso. En pocos días, ya no era posible reclamar nada ante nadie, porque la sentencia estaba dada: pedido de captura contra el maestro Mehir por… “¿¡abuso sexual!?”

El periodista que a partir de esta nota se creyó el personaje del paladín de la justicia se llama Sergio Carreras. Y en realidad es en gran parte responsable de muchas injusticias que se sucedieron a partir de esa terrible nota plagada de mentiras, propia de un sofista, llena de ideas sacadas de contexto y testimonios falsos de personas maliciosas inyectadas de ira.

El personaje en cuestión, el periodista, no sería culpable si no fuera porque pudo evitar que tanta iniquidad llegara tan lejos. Tal vez si hubiese escuchado las denuncias y acusaciones de los agraviados, y, buscando el fondo de la cuestión, indagado a los discípulos para ver qué tenían que decir al respecto, pesquisado… en fin, investigado. Pero simplemente se limitó a lo parcial, a lo fácil, sin verificar siquiera su legitimidad.

Periodistas como éste -y son muchos-, resultan una amenaza para toda la sociedad. A partir de ese domingo negro comenzó la persecución infundada del Maestro Mehir por supuestos abusos sexuales que no son más que la fantasía morbosa de un manojo de gente; también en la nota se lo acusaba de lavado de cerebro, asociación ilícita, contagio conciente de enfermedades venéreas… y otras atrocidades que hicieron que el maestro de conocimiento se convirtiera para los lectores en un monstruo degenerado. ¿Tendría Mehir tantos seguidores -familias enteras- si todo esto fuera verdad? ¿Quién podría llamarse discípulo de un depravado?

Hoy a usted no le toca, pero establezcamos una analogía que le permita cómo rápidamente cualquiera puede caer en las redes de un periodista. Imaginemos que usted vive en el piso tercero de un edificio. El señor del cuarto hace un ruido particular cuando camina sobre su parquet de madera que le molesta. Usted no puede dormir, se exaspera, vive muy incómodo. Pero claro, ¿de qué puede quejarse ante su vecino; de qué camina dentro de su propia casa? Entonces, obnubilado en una noche de desvelo, irritado, trama un plan. Y al día siguiente se presenta ante el periodista Carreras y le ofrece una suma de dinero para que escriba sobre su vecino. La idea es difamarlo, presentarlo a la sociedad como un degenerado para que el fiscal correspondiente no tenga dudas: ese personaje es un peligro, debe estar preso. Así usted se librará de los incómodos pasos de su vecino. Y entonces, el matutino publica el siniestro: “Vecino jubilado viola a todas las jovencitas del barrio a la hora de la siesta”. Y si, un poco morboso y amarillista, porque el argumento debe ser contundente como para que nadie cuestione que el fiscal deba obrar de oficio, aun sin existir pruebas.

Ya ve, es sencillo. El periodismo de hoy nos facilita mucho la vida. Ya no es necesario tener un arma ilegal en casa. El periodista dispara y usted queda limpio (ante la sociedad, claro, porque en su conciencia, seguramente, por las noches no pueda dormir).

No vamos a profundizar en los errores de Sergio Carreras como exponente del periodismo que hoy nos toca analizar, porque todos ellos devienen del gran error, que es su intelecto mal formado, y de ahí para abajo, todo es desastre. Y lo grave, gravísimo, es que él no es más que uno más del montón de periodistas poco serios de hoy.

Es hora de que las audiencias dejen de ser subestimadas, de que los lectores agucen su seso, sepan cómo es construida la información que le dan digerida ciertos medios y dejen de comprar basura.

¿Hasta dónde puede llegar una mentira cuando se hace pública y masiva a través de la prensa? ¿Cuánto daño puede causar un periodista de mente limitada? El periodismo actual no toma en cuenta ni le importa cuál será el efecto de la noticia irreflexiva que vomita, y es hora de que los lectores exijamos una prensa a la altura de las necesidades evolutivas actuales, imparcial, justa y honorable, verdaderamente al servicio de la humanidad.