Zoofistas

Son el paralelo humano del animal depredador. Destruyen las verdades absolutas, las ideas abstractas, todo lo bello que resulta inexplicable para su estrechez mental; no conciben al sabio ni a la sabiduría. De inteligencia desprolija y facilista, aplanan todas las ideas a su propio nivel de comprensión. Fueron, son y serán, los detractores del Verbo y de la Luz a lo largo de la Historia. Conozca a esta raza depredadora.*

* ESTA NOTA ESTÁ DEDICADA AL SEÑOR HÉCTOR NAVARRO ESPECIALMENTE, Y AL PERIODISTA SERGIO CARRERAS, LAS SEÑORAS ESTEFANÍA LOMBARDI, MAYA LAVALLÉN Y MARÍA KOGAN, Y A TODOS LOS QUE QUIERAN ATRIBUÍRSELA.

EL ORIGEN

La palabra “sofista” está emparentada con sophia, término griego que se traduce comúnmente por “sabiduría”. Sucede que ellos se creen algo parecido a un sabio, sin notar que son en realidad una deformación siniestra de la verdadera inteligencia, comerciantes corruptos de sabiduría. En la antigua Grecia, los verdaderos filósofos caricaturizaban al sofista como un hombre con habilidad para pronunciar un discurso justo y otro injusto sobre el mismo tema, es decir, sin verdaderas convicciones ni valores. Los sabios como Platón y Sócrates definían a los sofistas como “vendedores caros de ciencia no real sino aparente“, poniendo al descubierto su superficialidad. Y es increíble cómo tal definición, miles de años después, aún está vigente (véase recuadro Definición de la RAE).

PERFIL DEL ZOOFISTA

El sofista de hoy es, como los de antaño, principalmente escéptico, y se jacta de eso; aprensivo de todo excepto de su propio entendimiento. Pero, carente de rigor científico y de amor por la verdad, en su análisis superficial jamás pone en juicio la legitimidad de sus pensamientos. Es un relativista tibio que rechaza toda verdad absoluta, toda ética objetiva, toda ciencia divina y que se ubica él mismo en el centro del Universo. De esta forma, para ser coherente con su incoherencia, necio y obstinado, no puede dar crédito a la existencia de Dios como sublime Creador porque no lo puede inventariar con su escaso vocabulario intelectual.

El sofista se identifica con lo aparente, solamente lo que él cree, y desdibuja la distinción entre ser y apariencia, entre lo objetivo y lo subjetivo. No va más allá de su muy limitada experiencia humana, no se anima a asomar su cabeza a través del velo del misterio, y no da lugar a la posibilidad de que existan los sabios, los Iluminados, los despiertos. Es un cobarde intelectualmente hablando, que sólo cree en lo que ve, como si el agua saliera de las canillas, que es todo lo que llega a percibir, y negara la existencia de las vertientes; hasta es probable que crea más en la infantil teoría de que el hombre nace de un repollo que en la manifestación como acto magnánimo de Dios creador. Poco indagador, es más dado a buscar en Wikipedia que a investigar en los principios de la ciencia objetiva. El mundo se reduce así a lo que él abarca con su mente y todo está sometido  a su nivel de comprensión, que es muy limitado, por ser intrínsecamente egocentrado.

A pesar de fundamentarlo todo con su capacidad de entendimiento y de erguirse sobre esta supuesta facultad de ser “libre pensador”, el sofista, lejos de ser libre, no es más que un esclavo de sus limitaciones intelectuales.

En conclusión, así como la sabiduría siempre fue sabiduría más allá del hombre que la encarnara a lo largo de la Historia, en el correr del tiempo el sofista siempre fue el enemigo del sabio; un expositor poco inteligente sin esperanzas, sin Fe en nada más que en sí mismo, sin ideales y con una única meta siniestra: destruir la Verdad y borrar el Verbo de la faz del mundo. Un símbolo más de la eterna lucha del Bien y el Mal en el plano del hombre.

Gurdjieff dio en llamar a este perfil psicológico hassnamus”, uno de los dos principales destructores del conocimiento, junto con la psicosis de guerra. También habló de la “mentalidad de periodista”. Y con este término, no pretendía encerrar únicamente a los periodistas propiamente dichos, sino a todo aquel que reúna los caracteres intelectuales que antes se describieron, a los “aparatos formatoriosque jamás podrían tener un pensamiento propio, fuera del inventario restringido que se armaron,  y que únicamente pueden citar lo que leen sin someterlo a crítica e, incluso, tergiversarlo aún sin entenderlo. Y, lo que es peor, este tipo de personaje cuenta con una memoria escueta que no clasifica, así que generalmente cita sólo lo último que lee. Como un loro, rápido para hablar, muy lento para pensar, refutador compulsivo que no digiere un pensamiento sutil o exquisito porque su combustible es denso y su cerebro pastoso.

Gracias a Dios -porque a pesar de ellos, Dios existe- más allá de los sofistas hay mentes superlativas como la de Mehir, que fácilmente puede establecer analogías de lo abstracto para ayudar a comprender los fenómenos cotidianos a quienes no tenemos tal agudeza. Ellos, los sabios, son los capaces de establecer puentes entre lo visible y lo invisible, de forma tal de acercar los grandes misterios a la comprensión humana. Con “grandes misterios” no pretendemos aquí hablar de platillos voladores, seres de otras galaxias ni nada semejante, sino misterios cotidianos como la muerte, la psicología y su inconsciente o el origen invisible de lo que vemos con nuestros ojos. Un sabio le preguntaría a un sofista: “¿Con qué parte de tu cuerpo crees que amás?” Y el bruto quedaría mudo.

El sofista que condenó a Sócrates a la cicuta, fue el mismo que incineró a Pitágoras, el que crucificó al Cristo, el que sentenció a muerte a Galileo Galilei, el que llevó a la hoguera a innumerables verdaderos libre pensadores en la época de la Santa Inquisición… y el mismo que hoy atenta contra nuestro maestro Mehir en una persecución ideológica encarnizada. Tristemente, el sofista siempre se sostuvo y hoy mismo es así, porque le habla al pueblo, a las masas menos preparadas que él, que creen que su interlocutor es una persona autorizada para hablar de tal cosa, simplemente porque sale en televisión, o porque viste con corbata, o porque tiene un título de abogado o un cargo público, o porque tiene dinero o porque firma una nota en un periódico.

¿Y si el abogado defensor de la Justicia miente y arma una trama siniestra para que la mentira parezca verdad? ¿Y si el fiscal imparcial se vuelve un enemigo subjetivísimo de una de las partes implicadas? ¿Y si el periodista no investiga, es coimeado y escribe sobre lo que su “tutor” le indica? ¿Y si quien acusa saca de contexto, tergiversa y deforma la realidad para que parezca lo que su abogado mentiroso le aconseja? Y, finalmente, ¿qué pasa cuando todo esto sucede y el individuo (no queremos hablar de “hombre masa”) que lee o escucha o se entera no discierne una cosa de otra y termina siendo cómplice del sofista? Así murieron Sócrates, Pitágoras, el Cristo, Galileo Galilei… entre tantos otros. Condenados por un puñado de sofistas que fueron seguidos por una masa ignorante.

Nosotros, discípulos de Mehir no vamos a permitir que esto mismo suceda con nuestro maestro. El no morirá en manos de zoofistas depredadores de la Verdad, del Amor, de la Justicia y de los altos Ideales.